Malgastar el tiempo







“Malgasté mi tiempo, ahora el tiempo me malgasta a mí” (William Shakespeare)







    Cuando pienso en ello, en el tiempo que he malgastado a lo largo de mi vida, es una de las cosas que me tiene más apesadumbrado últimamente. Me he arrepentido en muchas ocasiones del tiempo derrochado y he pensado muchas veces lo mismo que Shakespeare, aunque nunca hubiese sido capaz de decirlo tan breve y bien como él lo dijo.
    Desde muy joven he creído, y muchas veces he llevado a cabo, que uno debe dedicarse en cuerpo y alma a lo que esté haciendo en cada momento. Estés trabajando, estudiando o divirtiéndote. Porque hay tiempo para todo, también para divertirse. Para lo que no hay tiempo, o no debía haberlo, es para perderlo, para no hacer nada. Porque no hacer nada es dilapidar el tiempo. Ya decía Buenaventura Luna en su maravillosas “Sentencias del Tata Viejo”, que tan espléndidamente cantaron Los Sabandeños, “…y no hay cristiano más triste qu´el cansau de no hacer nada”.  
    Cuando ahora voy por la calle y veo a los jóvenes entreteniéndose con sus amigos recuerdo de nuevo la letra de los poemas del autor sudamericano: “la juventú es pa´ vivirla entre caricias y besos, luego vienen los trompiezos”. Pero a veces me dan ganas de decirles algo, cuando los veo sentados, sin divertirse, sin hacer ninguna otra cosa, perdiendo el tiempo. Y piensas que tal vez se deba a que han tenido “buenos maestros”. Incluso, al compararlos con jóvenes de otras ciudades me da la impresión que lo pierden más los nuestros. Cuando no hace mucho cruzaba un pequeño parque en la zona del Soho de Nueva York, me maravilló ver como todos los jóvenes que allí estaban, estaban haciendo algo: leyendo, haciendo algún ejercicio o juego, o cualquier otra cosa, pero hacían algo. No estaban sin hacer nada, no perdían el tiempo.
    Aunque ya de pequeño había oído que el tiempo es oro, ¡cuánto habré perdido a lo largo de mi vida! Esto lo piensas cuando lo más importante para ti es el tiempo, cuando ves que se te escapa de las manos, cuando necesitas que los días tuviesen el doble de horas y siguen teniendo las mismas. Empiezas a darte cuenta del tiempo desaprovechado cuando se te echa encima. Es cuando te arrepientes de haberlo perdido. Te gustaría recuperarlo. Pero no puedes. Y entonces tratas de no volver a derrocharlo.       
    No hay que desanimarse ni acongojarse. Vale la pena recordar de nuevo las Sentencias de Buenaventura Luna: “por tu aguante en el trabajo has de medir tu valer”. Y en otro fragmento, “los que no trabajan nunca por diversas causas gimen, los trabajos nos redimen de nuestros bajos anhelos: del ocio nacen los celos, el odio, el robo y el crimen”. O el refrán popular americano: “no te quejes, no te lamentes, haz algo”.
    Y vuelvo a recordar los veranos de mis años de estudiante cuando en la aldea, los pocos jóvenes que éramos, nos pasábamos muchas tardes sentados a la puerta de la taberna, consumiendo el tiempo. Por aquellas fechas comprobé que cuanto más lo perdía más seguía perdiéndolo. Como cuanto más dormía, más seguía durmiendo. Y al pensar en ello, siempre me remuerde no haber dedicado aquellas horas muertas a leer, estudiar o trabajar.
    Lamentas el tiempo perdido cuando te das cuenta que te queda poco y el poco que queda no llega para hacer todo lo que tienes pensado. Y recuerdas lo que dijo Marie von Ebner-Eschenbach, novelista austríaca, “cuando llega el tiempo en que se podría, ha pasado el tiempo en que se pudo”.
    Comienzas a querer aprovecharlo todo, a ser intolerante con las personas que te hacen perder el tiempo sin pensar a cuantas se lo habrás hecho perder tú. Te acuerdas de lo que decía Louis de Bonald, “hay personas que no saben perder su tiempo completamente solas. Son el azote de las personas ocupadas”.
    Y admiras a aquellas otras que nunca les ves perderlo. Siempre que voy a una determinada sala del hospital veo a la supervisora de enfermería haciendo algo, casi siempre callada. Es raro que la encuentre hablando con alguien y si lo está haciendo enseguida finaliza la conversación. Sabe muy bien por qué la crearon con dos orejas y una sola boca. Parece como si hubiese trabajado antes en otro país, o tal vez por una razón genética, o porque leyó a Benjamin Franklin, “si el tiempo es lo más caro, la pérdida de tiempo es el mayor de los derroches”.
    Comento a menudo con los pacientes que ojalá alguien descubra algo para detener el tiempo –sería el más merecido Nobel- o, mejor aún, para darle la vuelta. Para poder vivirlo hacia atrás. Para descumplir años en vez de cumplirlos. O al menos para retrasarlo, para que no corra tan deprisa. Cualquier día nos dirán que es posible. Como no hace mucho dijeron que en el siglo XXII las personas podrán vivir mil años.
    Además, pasa el tiempo lo mismo haga sol, llueva o haga frío. “Ocurra lo que ocurra, aún en el día más borrascoso las horas y el tiempo pasan”, escribió Shakespeare. También pasa y dura lo mismo estés alegre o triste. Aunque es verdad que a una persona desconsolada puede parecerle que el tiempo no da pasado, que no termina de pasar.
    Una cosa buena tiene el tiempo: dura lo mismo para los ricos y para los pobres. Y les pertenece igual a los unos que a los otros. Lo único que realmente nos pertenece siempre es el tiempo. “Incluso aquel que no tiene otra cosa cuenta con eso”, dijo Baltasar Gracián. Y también Honoré de Balzac, aunque de otra forma, “el tiempo es el único capital de las personas que no tienen más que su inteligencia por fortuna”.
    ¿Y qué es el tiempo? Explicaba San Agustín, “¿qué es, pues el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicarlo a quien me lo pide, no lo sé”. Dos siglos antes aconsejaba Marco Tulio Cicerón, “no malgastes tu tiempo, pues de esa materia está formada la vida”. Y señalaba mucho más tarde Victor Hugo, “tan corta como es la vida, aún la acortamos más por el insensato desperdicio del tiempo”.

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