La verdad




“Las verdaderas columnas de la sociedad son la verdad y la libertad” (Henrik Johan Ibsen)






    Habla mucho de las cosas, poco de los demás y nada de ti mismo. Espero que esté de acuerdo con esta máxima extraordinaria. Le pido licencia para dejarla sin el nombre del autor que la haya pronunciado primero, porque aunque la leí en un libro de Sabino Fernández Campo que trataba sobre la figura del Rey, y que él refería habérsela escuchado a su padre, estoy casi seguro que ya tenía autor previo. Permítame añadir a la frase: y di siempre la verdad. Consiéntame, aunque no esté bien, que hable hoy algo de mí mismo.
    Recuerdo haber oído en mi niñez, de un señor de mi aldea, que la verdad tiene tres o cuatro caminos y cada uno coge el que más le conviene. Ponía un ejemplo. Al terminar la feria de ganado, unos, los que hicieron una buena compra o venta, salen diciendo que ha sido buena, y otros, los que no vendieron lo que llevaban o no compraron lo que querían, que ha sido mala. Y sentenciaba: todos dicen la verdad, su verdad. Después leí a Antonio Machado, y me gustó más lo que decía: “tu verdad no; la verdad y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.
    Más adelante, en el colegio La Salle de Santiago de Compostela, donde estudiaba, comprobé que a unos profesores les molestaba más la mentira que a otros. Estaba externo. Acudía a las clases desde una pensión cercana donde vivía. Había llegado el verano. Hacía un día estupendo y no fui a la clase de Filosofía de 6º de bachillerato para quedarme jugando a las cartas, en el balcón exterior de la habitación donde dormía, con otros estudiantes. Tenía 15 años. Al día siguiente, el profesor, un hermano de La Salle, joven y apuesto, que creo me apreciaba mucho, me preguntó porque no había asistido el día anterior a clase. Le respondí que había estado enfermo. Su respuesta fue decirme que era un cínico y darme una bofetada. Él había pasado poco antes de dar la clase, de regreso de la Facultad de Filosofía, por delante de la pensión y me había visto jugando a las cartas. Siempre recuerdo aquella bofetada, porque me hizo mucho bien, y el motivo por el que la recibí. Por no decir la verdad, por mentir. La mentira es un triste sustituto de la verdad, pero es el único que se ha descubierto hasta ahora, dijo Elbert Hubbard.
    Muchos años después, cuando asistí por primera vez al Congreso Americano de Médicos del Tórax en Nueva York, recuerdo que me entregaron unas hojas que los médicos americanos rellenaban y luego devolvían para obtener puntuaciones para su carrera profesional. Los médicos señalaban todas las sesiones a las que habían asistido, cruzando las casillas correspondientes. Me llamó la atención que las calificaciones se basaran en las que los propios médicos punteaban, sin ningún otro control de su asistencia. Al regresar a España se lo comenté a un compañero neumólogo, que había hecho la especialidad en Estados Unidos, y me contestó que era así porque allí no decir la verdad está muy mal visto. Y continuó, esto no quiere decir que todos los americanos digan siempre la verdad, pero si no la dices, si mientes, y se enteran, estás fastidiado porque será muy difícil que vuelvas a recuperar la credibilidad. Ya decía Ralph Waldo Emerson, pensador americano, que toda violación de la verdad no es solamente una especie de suicidio del embustero, sino una puñalada en la salud de la sociedad humana.
    Desde que escribo estos artículos dominicales en La Región (el diario de Orense donde se publicó también este hace algún tiempo), he recibido halagos de personas no conocidas que me pararon por la calle para agradecerme los escritos, sobre todo porque les resultaron fáciles de leer y/o les habían parecido interesantes. El último fue a través del correo electrónico. Una señora o señorita me envió uno y me decía que era una fan de mis artículos de La Región “porque en ellos dice verdades como puños”. Esto me encantó. Porque, como decía el señor de mi aldea, aunque son mis verdades, no ocultan interés alguno ni ganas de insultar o agraviar. Claro que también habrá lectores a los que no les gusten. Pero entonces recuerdo lo que expresaba Santiago Ramón y Cajal: “¿No tienes enemigos? ¿Es que jamás dijiste la verdad o jamás amaste la justicia?”. O lo que escribió Shakespeare en Hamlet, “pero sobre todo sé fiel a ti mismo, y sigue eso como la noche al día: entonces no defraudarás a nadie”. Y me quedo tranquilo
    Comprobamos a diario como los políticos, que deberían dar buen ejemplo para ejercer una influencia superior en los ciudadanos, no dicen la verdad, nos engañan y derrochan nuestro dinero a manos llenas. Incluso las más altas potestades nos dicen unas cosas y hacen otras, a pesar de saber, como todos nosotros, que la única forma de influir en los demás es con hechos, no con discursos o palabras. Decía el genial Antonio Mingote, fallecido no hace mucho, “sé que la política es necesaria pero los políticos profesionales son, en general, ¡tan penosos!, ¡tan mediocres!, no me atrevo a juzgarlos. ¡Estamos en un mar de mediocridad!”.
    Estamos pasando por un momento muy delicado. Muchos de los que detentan el poder político tienen poca o ninguna autoritas para influir eficazmente en la gente, cuando en esta situación la verdad y la sencillez de los políticos formarían la mejor pareja, como indicaba Jean de la Bruyere. Tal vez también sea oportuno recordar ahora lo que dijo Jardiel Poncela ya hace algún tiempo, “el fin de la religión, de la moral, de la política, del arte, no viene siendo desde hace cuarenta siglos más que ocultar la verdad a ojos de los necios”.
    No soy nada optimista con nuestro futuro. Porque en nuestros ideales no está la verdad, ni la bondad, ni la justicia, ni el trabajo. Y porque la apariencia de la verdad hace mucho más daño que beneficio la verdad. Escribió Cervantes que la falsedad tiene alas y vuela, y la verdad la sigue arrastrándose, de modo que cuando las gentes se dan cuenta del engaño ya es demasiado tarde. Ojala tuviéramos todos presente lo que dijo Victor Hugo, "no hay más que un poder: la conciencia al servicio de la justicia; no hay más que una gloria: el genio, al servicio de la verdad".

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