El tiempo puede ir hacia atrás






No hubo tiempo alguno en que no hubiese tiempo” (San Agustín)





    Hace un año escribía esto en un artículo publicado en La Región con el título Malgastar el tiempo: “Comento a menudo con los pacientes que ojalá alguien descubra como detener el tiempo –sería el más merecido Nobel- o, mejor aún, darle la vuelta. Para poder vivirlo hacia atrás. Para descumplir años en vez de cumplirlos. O al menos para retrasarlo, para que no corra tan deprisa. Cualquier día nos dirán que es posible. Como no hace mucho nos dijeron que en el siglo XXI las personas podrán llegar a vivir mil años”.
    No había pasado el año. El premio Nobel de física, Anthony James Leggett (Londres, 1938), daba una conferencia abierta al público en Santiago y era entrevistado el 6 de marzo de 2013 por Elisa Álvarez para La Voz de Galicia, quien le hacía estas preguntas:
    P: Lo aclarará hoy pero ¿por qué no puede ir el tiempo hacia atrás?
    R: La respuesta habitual es que la dirección del tiempo viene marcada por cuál es el crecimiento del desorden, es la dirección en la que crece el desorden. La cuestión es por qué tenemos que suponer que al principio estaba ordenado, y si realmente esa es una hipótesis sólida.
    P: ¿Cabe la posibilidad entonces de que pueda ir hacia atrás?
    R: Mi sospecha es que pueden existir fluctuaciones en el espacio tiempo, de tal manera que en esas regiones locales el tiempo realmente vaya hacia atrás.
    P: ¿Podría ser percibido por una persona?
    R: Las posibilidades de que esto suceda en una escala que sea perceptible por nosotros son muy, muy pequeñas.
    Leí sus respuestas mil veces y no entendí nada. Y empecé a preocuparme por si esto estuviera relacionado con mi edad, la edad en que los conocidos empiezan a decirte, “por ti no pasan los años”, pero me tranquilicé después de contárselo a una excelente médica, con la que comparto despacho, mucho más joven e inteligente que yo. Me dijo que no me preocupara porque ella se había regalado un libro del físico Stephen Hawking, y lo había cogido con muchas ganas pero tuvo que dejarlo después de leer las dos o tres primeras páginas porque no entendía nada. Esto fue más o menos lo que me dijo, y me tranquilizó.
    Siempre, desde el colegio, pensé que lo de la física y las matemáticas eran para personas inteligentes -a mí se me daban muy mal-, y uno de mis personajes más admirados, Albert Einstein, era físico, y supongo que muy inteligente. 
    Pero aunque no entendí nada de la entrevista al Nobel de física, comencé a hacerme preguntas. ¿Y sí estoy en una de esas regiones donde el tiempo va hacia atrás y yo no lo percibo? ¿Y si es así, por qué no lo aprecio?
    Tal vez no haya comprendido ni tan siquiera sus palabras. Pero si las entendí, importa poco que yo esté en una zona de esas donde el tiempo va hacia atrás, si no va hacia atrás el mío, porque si lo fuese tendría que percibirlo: volvería a aumentar la cantidad de pelo en mi coronilla, desparecerían algunas de las muchas arrugas de mi cara, mejoraría la variz de mi pierna izquierda, volvería a ver mejor de lo que veo, me cansaría menos y no más que hace un año cuando corría hoy de madrugada… Iba decir también algo acerca de la luna, porque hoy al alba tenía forma de balón de rugby, pero no sé cual era su apariencia, ni tan siquiera si estaba visible, el domingo de Pascua de hace uno o dos años.
    Creo que hubiera sido mejor no haber leído la entrevista. Al señor Geggett le concedieron el premio Nobel de física en 2003, no por haber conseguido detener el tiempo ni darle la vuelta hacia atrás sino por otras investigaciones.
    Seguiré esperando por el físico que obtenga el Nobel, si no por volver hacia atrás el tiempo al menos por detenerlo en la región donde vivo con mi familia, y que nosotros lo advirtamos. Porque, aunque dejaría en mal lugar a San Agustín, mi familia y yo se lo agradeceríamos. Pero que se dé prisa.

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