¿Demencia o envejecimiento cerebral?





"No existe ningún gran genio sin un toque de demencia" (Lucio Anneo Séneca)





    Va camino de los 88. Está sentada en una silla, atada muy floja con una cinta para que no se caiga, aunque ya no intenta levantarse porque no puede. Bueno, alguna vez apareció en otro lugar distinto de donde la habían dejado y no se explicaron como lo había hecho. Al lado suele estar otra señora, también delgada, más o menos de su misma edad, con las manos tapadas con una especie de medias o calcetines blancos, que me imagino se las habrán puesto para que no se las lesione. Otra, un poco más alejada, no para de rechinar los dientes, un sonido que al permanecer allí un rato se hace muy desapacible. Después hay otras en sillones que no hacen ruido alguno, tienen los ojos cerrados y no mueven casi los párpados ni un solo músculo de su cuerpo.
    Para ella, la mujer que está a su lado es un hombre. Y ya puedo decirle que está equivocada, que es igual. Si le insisto, acaba diciéndome que es un hombre porque ella le ha visto lo que identifica a los hombres y no poseen las mujeres.
    Tiene el pelo gris y numerosísimas arrugas surcan su frente y toda su cara. Tiene unos ojos de un color azul precioso, los más bonitos, junto a los de su nieta, que he visto nunca. Pero lo que de ellos llama más la atención es su vivacidad, a pesar de su edad y su desvarío. Se le mueven o los mueve igual que los de las muñecas, de un lado para otro y de arriba abajo. Solo con mirarle a los ojos, aún ahora, se da uno cuenta que ha tenido que ser muy inteligente. Y lo fue. Si se lo pregunto, ¿tú fuiste muy avispada en la escuela?, siempre me contesta lo mismo: el que era más inteligente era mi hermano José, pero no pudo estudiar porque mi padre Ramón no tenía dinero.
- ¿Y que hace ahora tu padre Ramón?
-  Debe estar con las vacas.
- ¿Y donde está tu madre María?
- Mi madre estaba ahora en casa haciendo la comida.
    Su cabeza está en sus años jóvenes y habla de sus padres y de sus cinco hermanos, todos ellos muertos, como si estuvieran vivos. En alguna ocasión le dije que sus padres ya se habían muerto y se enfadó mucho. Me contestó que si iba a verla para hablarle así, que me fuera y no volviera. No he vuelto a decírselo.
    Su humor varía de un día para otro. Por la mañana suele estar con la cabeza apoyada sobre los brazos, cruzados encima de la mesa redonda donde luego le servirán la comida, y me dice que le deje tranquila porque le duele todo. Por la tarde está con mejor humor, y me pide siempre un caramelo porque le gustan mucho.   
    No recuerda mi nombre ni tan siquiera sabe que soy su hijo. Me confunde con un sobrino, hijo de un hermano, que vivía en casa de sus padres cuando ella tenía pocos años. Si le insisto, diciéndole que soy su hijo porque me ha parido, me contesta enfadada, “como iba a parirte si yo tenía cuatro años cuando naciste, aún no era mujer”.
    Si le hablo de mi hija, su nieta, enseguida repite lo de siempre, lo mismo, más o menos, que ya le decía cuando eran más jóvenes las dos y a ella aún le funcionaba muy bien la cabeza: “mi nieta es encantadora, pero tengo miedo que venga un sinvergüenza y le haga daño, porque los hombres son todos iguales. Cuando era joven venían los mozos conmigo y se iban acercando, enseguida les decía, mira que andas acercándote, igual crees que por ser pobre vas a poder…, no vuelvas”. Habla gallego y castellano, indistintamente, según en lo que yo le hable.
    Cuando estuvo hospitalizada con una fractura de cadera, pasaba las noches durmiendo en un sofá de la habitación con ella. Un día por la mañana, al llegar, después de haber ido a tomar un café porque se había por fin quedado dormida, estaba sentada en la cama y me dijo, “me encontré sola y pensé que me habías dejado así para que muriera, y tenía miedo porque cavilaba quien me llevaría después al cementerio”.
    - No te preocupes, que tú irás al cielo.
    - No sé si me lo merezco, aunque nunca hice mal queriendo.
   Y de pronto cambia de conversación, “lo más importante en un hombre es que sea listo, formal, y que vaya bien vestido. Así que si puedes, y tus jefes van bien vestidos, tu vete también, sino dirán, mira como viene este…”.
    Todos los órganos, aparatos y sistemas de nuestro cuerpo se estropean progresivamente con la edad. Cuando mejor funcionan es a los veinte y tantos, y a partir de ahí comienza el deterioro. Vea si no el quebranto del aparato locomotor, que nos impide caminar o correr como cuando éramos jóvenes. Y lo mismo sucede con el cerebro, pulmones, corazón, ojos, piel, aparato genital… Bueno, el deterioro de este último es más difícil de evidenciar por los de afuera, y eso admite farolear.   
    El cerebro no respira, ni camina, ni ve. Pero da órdenes y estimula a los demás órganos y aparatos. Y piensa, razona y recuerda. Su envejecimiento deteriora estas funciones, causando pérdida gradual de memoria, reflexiones más lentas, y finalmente desvarío o demencia.
    Antes había menos personas con demencia porque se vivía menos. Sí, es verdad, que a algunas personas mayores les funciona bien la cabeza y aún tienen buena memoria, pero sucede lo mismo que con los demás órganos o aparatos. ¿Acaso no hemos visto usted y yo personas de más de 70 años haciendo footing (casi) como las más jóvenes?
    La industria farmacéutica anda loca en busca de píldoras que retrasen o mejoren la demencia. Y, en mi opinión, esto será imposible de conseguir.
    Sin embargo, como la función hace el órgano, es posible que, si ejercitamos el cerebro -pensando, estudiando, leyendo, recordando, etcétera.- y llevamos una vida sana (sin tabaco, sin alcohol, con dieta adecuada y mucho ejercicio), podamos retrasar el envejecimiento cerebral y enlentecer su deterioro. Porque aunque pudiésemos quitarle las arrugas, como se hace ahora con la piel, seguiría siendo igual de viejo.
    Imagino que lo de la función hace al órgano se puede aplicar a todos los demás órganos  y aparatos, incluido el genital, ¿no? 

clinicajoaquinlamela.com

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