Subida al Monte Pindo







"Si quieres viajar hacia las estrellas, no busques compañía" (Heinrich Heine)





    ¿De dónde eres? Me preguntó en 1978 el doctor José Luís Temes, reconocido cardiólogo y jefe del Departamento de Medicina Interna de la Residencia Sanitaria Nuestra Señora del Cristal de Orense, al que acababa de incorporarme, recién llegado del Hospital de Valdecilla. Del Pindo, ayuntamiento de Carnota, en La Coruña, le respondí. Recuerdo muy bien sus palabras. “He viajado bastante y el monte del Pindo es de lo más bonito que he visto en mi vida”. No le pregunté si había subido o se refería a la vista de la espectacular montaña de piedras graníticas entrelazadas, sin arboleda casi, y, según la leyenda, esculpidas por los celtas y de ahí su otro nombre, Olimpo Celta.

    Son las 10,15 horas de la mañana del 18 de agosto de 2012 y aún estoy comprando sardinas en un puesto del mercado de Cee. Llego de vuelta a las 11 a Quilmas; parece tarde para subir al Monte Pindo. Pero no quiero aplazar más mi obligada primera subida. El coche registra 22.5 grados del exterior. Voy hasta la iglesia del Pindo, de donde sale el camino para llegar hasta la Moa, la cima abombada de la montaña. Son las 11.15 horas y el sol ya arrea bien, como se dice por aquí.

    A la entrada de la ruta hay una señal con el nombre del monte, y, al lado, en la misma placa, hay dos árboles dibujados que parecen pinos. Me alegro. Anunciaron un día de mucho calor, y si la ruta es boscosa la subiré más cómodamente.

    El camino es estrecho; discurre ondulado, desnivelado, y está empedrado, o mejor dicho, va por encima de las apretujadas piedras que hay por todo el monte, unas más  grandes, otras más pequeñas.

    Unos cientos de metros después de comenzar la subida los pinos vivos, con sus ramas, se mezclan con las ramas y troncos pelados de los pinos muertos, calcinados por el último de los incendios, simulando un cementerio de los indios americanos que se ven en las películas del oeste. Casi no hay repechos y la subida es dificultosa. El sol cae a plomo y mi camiseta ya está empapada de sudor. Me detengo para beber y al darme la vuelta veo, a través de los pinos y a lo lejos, la playa del Pindo con su blanca arena.

    Más arriba, después de algunos pequeños repechos, las rocas, ahora más grandes y que parecen talladas, adquieren formas caprichosas, de rinocerontes, hipopótamos, lámparas de Aladino, teteras indias, y todas las demás formas que uno se pueda y quiera imaginar. Algunas, enormes, se apoyan encima de otras más grandes y parece que fueran a caerse en cualquier momento, pero no se caen. Otras, más grandes aún, tienen rajas y es difícil saber si es una piedra única o varias que se han pegado entre ellas. Y todo esto me hace pensar cómo es posible que aún no hayamos llegado a comprender como se originó esta caprichosa, maravillosa y mágica montaña granítica, que según los geólogos elevó la naturaleza hace 35 millones de años.

    Sigo subiendo y aparecen las primeras personas que regresan, tres jóvenes que me dicen amablemente que en media hora estaré arriba, en la cumbre. Luego, a otro señor solo le pregunto si un viejo como yo puede coronar la subida y me contesta que lo acaba de hacer él, con 68. Me cruzo con dos grupos de ingleses a los que doy los buenos días, que para ellos ya son tardes, y me dan las gracias por dejarle el mejor lado de la vereda. ¡Qué bien educados siempre! Una señora a lo lejos descansa con otro señor, al lado de muchas chicas y chicos, y me llama por el nombre. Es mi prima Rafaela, que sube al Monte Pindo varias veces cada verano con su marido, Xavier Cea. Xavier trabaja en El Correo Gallego y es uno de los expertos conocedores del Monte Pindo. Están a la sombra de una roca enorme, a la que unos llaman “gigante” y otros “guerrero” según me dice Xavier, situada en una de las laderas aplanadas más largas de la montaña.

    A pocos metros del final del trayecto, unas pocas mesas situadas en una pequeña planicie permiten sentarse para reponer fuerzas y almorzar. Le pregunto a una pareja con un niño y un perro, que ya regresan, por La Moa, y como no saben si la han visto, me siguen. Para llegar a la cima, llamada por los lugareños “laxe da Moa”, una gran roca abombada, hay que subir por una peligrosa pendiente rocosa. Me imagino haciéndolo en días de mucho viento, tan habituales en el pueblo donde he nacido y de mayor intensidad aún en las alturas, y me asusto al pensar que si me cayera podría llegar rolando a la playa del Pindo, seiscientos metros más abajo.

    Aquí, en la “laxe da Moa”, las imágenes que percibo al mirar de frente y a los lados en este día de cielo azul claro me hacen quedar con la boca abierta, por no decir extasiado. Nunca antes había contemplado vistas tan maravillosas. Al fondo aparece Finisterre y su playa de Langosteira, las dos Lobeiras -pequeñas islas maravillosas que visité muchas veces en el barco de pesca de mi padre cuando era pequeño-, el Carrumeiro, la ría de Corcubión, las maravillosas playas de Gures y El Pindo, y el mar azul verdoso tan característico de esta época del año. A la izquierda, aparece majestuosa la inmensa playa de Carnota, para muchos la más bonita de Galicia, y a la derecha otra bonita montaña a la que al parecer no conviene subir porque aún hay brujas. La roca de la Moa tiene “pías”, que según me dice Xavier, es el nombre de las grandes y numerosas cavidades esféricas con agua, formadas al parecer por la erosión de la lluvia, donde las señoras infértiles se bañaban para quedar embarazadas. Le pregunto a mi guapísima prima, Rafaela, si ella se bañó en ellas antes de casarse, y se ríe.

    La bajada es más fácil; me detengo muchas veces para hacer fotografías de las vistas espectaculares que aparecen a distintas alturas y de los preciosos peñascos con formas caprichosas y asombrosas, hasta que la batería de mi Blackberry se agota.

    Han pasado poco más de tres horas desde que inicié la escalada, y ya no volveré a avergonzarme, como antes, cuando me pregunten si he subido al Monte Pindo.

    Le recomiendo, si su estado físico se lo permite, este viaje. Solo necesita un buen calzado, agua, fruta y/o chocolate, iniciarlo temprano, en un día claro no muy ventoso y preferiblemente en verano. Mejor aún, con familiares y/o amigos y merendar arriba. Si no queda maravillado/a, por favor, envíeme un correo contándome el por qué.   

www.clinicajoaquinlamela.com
https://joaquinlamela.blogspot.com.es






Comentarios

  1. Gracias Joaquín, por narrar con tanto afecto, humildad y detalle tu subida al Monte Pindo, un oasis para regalarle a la vista y una explosión de belleza celta. Una de las experiencias más sublimes que he tenido de los montes que, en Galicia, he coronado.
    Gracias de nuevo por tu invitación a disfrutar de ese incomparable paraíso de la naturaleza.
    Alfonso Agulló.

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