Robar en pisos





“Para vivir existen tres métodos: mendigar, robar o realizar algo” (Conde de Mirabeau)






    “Su carrera delictiva no podía ser más intensa. En poco más de 48 horas un orensano de 27 años ha pasado dos veces por el juzgado y ha cometido al menos tres asaltos contra la propiedad. Ayer ingresó finalmente en la prisión provincial tras ordenarlo así el mismo juez de guardia que lo había dejado en libertad dos días antes. Al delincuente no le hizo falta más que media hora para volver a las andadas”. Así empezaba recientemente la información local de un periódico regional sobre un ladrón de poco más de veinte años y con más de veinticinco detenciones previas.
    Aún no tenía veinte años. Estaba oyendo en la radio a Luís del Olmo, en su famoso programa de Protagonistas, a la una de la tarde, en la playa de Corna Becerra, de Quilmas (La Coruña), y me llamaron muchísimo la atención sus palabras. Hablaba de los robos en pisos. Decía que había que ser más duros con los castigos. Imagino que en aquellas fechas, principios de los 70 del siglo pasado, los robos en pisos serían casi insignificantes en relación con los de ahora. Puso como ejemplo a la ciudad de Los Ángeles. Decía que allí las ventanas de las plantas bajas de los edificios quedaban muchas veces abiertas, y que si a alguien se le ocurría entrar y la policía o los vecinos lo cogían podía acabar en el río del mismo nombre que la ciudad que atraviesa. Más recientemente, en 2005, cuando sucedió el huracán Katrina que devastó Nueva Orleans, estaba viendo como un hombre entraba varios días después en su vivienda deteriorada por la inundación, y a la pregunta del reportero de una cadena de TV americana sobre que haría si se encontrase a alguien dentro de su vivienda, echó la mano al bolsillo, le mostró la pistola que llevaba dentro, y le contestó que no habría problema.
    Los que hemos nacido al comienzo de la segunda mitad del siglo XX en aldeas recordamos muy bien como la gente dejaba las puertas de sus casas abiertas cuando salía a trabajar al campo, sin miedo a que le entraran en casa a robar. Y si alguien lo hacía, ya sabía lo que le esperaba si lo descubría la Guardia Civil del puesto más cercano. 
    No sé cual es el correctivo más adecuado, pero si creo que debería ser mucho mayor que el que se aplica en nuestro país. Y no debería estar relacionado con el valor de lo que se lleva el ladrón o ladrones sino con el hecho de traspasar la puerta de una vivienda ajena sin permiso.     
    Me imagino la impresión que debe producir en una familia encontrarse la puerta de su domicilio abierta y las habitaciones del piso revueltas al llegar de trabajar o de unas vacaciones. Y la contrariedad al saber que aunque cojan a los ladrones no les harán nada, y que podrán volver a hacerlo en el piso de al lado el día siguiente.
    Estoy convencido que si a los que los que hacen las leyes les robaran con tanta facilidad como a los demás serían más severos. Y no me extraña que la policía se canse de detener a los ladrones, porque entran por una puerta del juzgado y salen por la otra, y la mayor parte de las veces sin castigo.
    Una casa, piso o mansión, deben ser considerados como algo sagrado y sus puertas solo deben ser traspasadas por los dueños y las personas que ellos autoricen. Nadie más.  

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