Quejarse




“No te lamentes, no esperes nada, haz algo” (Dicho popular americano)




    Cuando escucho en la radio las noticias nacionales o locales, todos los días oigo a los políticos y a los líderes sindicales quejarse del inmenso número de parados, de lo mal que va la economía y todo lo demás, y sobre todo de lo mal que lo hacen los otros. Siempre se lamentan de lo mal que lo hacen los otros, como si ellos lo hiciesen todo bien.
    Esto me hace recordar mi etapa de formación clínica en el Hospital Marqués de Valdecilla de Santander. No sé si le comenté alguna vez que tuve la gran suerte de hacer mis rotaciones por las distintas especialidades médicas con los mejores médicos de aquel hospital. Estaba aprendiendo cardiología con un extraordinario cardiólogo vasco, el doctor Ochoteco, y cuando en una ocasión le comenté que un paciente de otra sala que no era la nuestra tal vez no estaba siendo bien manejado, me respondió, “debemos preocuparnos de tratar bien a los pacientes que atendemos nosotros; nuestra labor no es criticar lo que hacen los demás, piensa que en África hay enfermos que no solo no están bien atendidos, sino que ni tan siquiera tienen médico”.
    Seguro que está de acuerdo conmigo que hay buenas y malas personas. Lo podemos percibir a diario en los acontecimientos de nuestro país. Mi suegra dice que viéndole la cara a una persona distingue con facilidad si es mala o buena persona (no sé cuál es la seguridad de lo que afirma porque las de su familia son todas buenas personas).  
    En mi opinión, las personas también se pueden dividir en las que pasan la vida quejándose y las que no se quejan nunca o casi nunca. Esto se puede aplicar tanto a las personas sanas como a las enfermas. Muchas veces los sanos o enfermos que más se quejan no son los que tienen mayores problemas o los que están más delicados.
    Generalmente, las personas que más se quejan son las que menos debían hacerlo y viceversa. He comprobado a lo largo de los años que habitualmente las personas que menos se lamentan son las que más hacen por ellos y por la sociedad, incluso afirmaría que suelen ser las más trabajadoras, y las que más se lamentan son las que menos contribuyen a mejorar la sociedad, y mejor sería que emplearan su tiempo en hacer que en quejarse de lo mal que lo hacen los demás.
    Hagamos una prueba. Si usted trabaja en una empresa, comercio o taller en la que hay otros trabajadores, fíjese en las personas más trabajadoras; ahora hágalo en las más quejosas, ¿a que no son las mismas? Generalizando otra vez, las personas que pasan el día quejándose de lo “mal que está todo” no suelen ser las que ejercen una influencia beneficiosa en las demás para cambiar las cosas. “Nunca debe el hombre lamentarse de los tiempos en que vive, pues esto no le servirá de nada. En cambio, en su poder está siempre mejorarlos”, decía el historiador, pensador y ensayista inglés Thomas Carlyle.
    Esto no quiere decir que uno no pueda o deba quejarse con quien corresponda de las cosas que no funcionan bien o que deberían funcionar mejor, significa que no es correcto estar continuamente quejándose, y muchas de las veces (incluso) sin razón. Decía Baltasar Gracián que la queja trae descrédito. Seguro que también está usted de acuerdo. ¡Cuántas veces hemos oído de una persona, “está siempre quejándose”, en un tono despectivo! Y estar todo el día lamentándonos de que desgraciados somos no disminuye nuestra desgracia, la aumenta. Lo expresaba muy bien Esopo, fabulista que vivió antes de Cristo, “una vez llegada la desgracia, de nada sirve quejarse”.
    En las personas enfermas también reconozco esta división. ¡Claro que los enfermos deben quejarse, pero deben hacerlo con el médico! Y los enfermos del alma deben hacerlo con el sacerdote, si son creyentes.
    Para el enfermo, sus dolencias siempre son más intensas que las de los demás porque las de los demás no le duelen. Los médicos somos quienes mejor apreciamos qué pacientes se quejan "de más" y quienes lo hacen "de menos", porque solo nosotros podemos comparar las quejas de distintos enfermos con las mismas dolencias.
    Los médicos atendemos a muchas personas enfermas y también a muchas sanas que se creen enfermas. Hay pacientes que salen de la consulta y continúan comentando y quejándose de sus males con familiares, amigos y conocidos. Se pasan el día haciéndolo. Y los hay que no se quejan casi, ni al médico. Siempre recomiendo a los enfermos que cuenten todos sus males al médico para que les ayude lo mejor posible, y que sigan refiriéndoselos, si es preciso, a través del teléfono o correo electrónico, pero que después de salir de la consulta o de hablar con él dejen de lado la enfermedad y no pasen el día lamentándose y explicándola a familiares, amigos y conocidos porque estos no saben ni pueden ayudarles. Quejarse de dolor no consigue mitigarlo, al revés, lo exacerba. ¿O tal vez no tenga razón en lo que estoy diciendo? Porque Miguel de Cervantes decía todo lo contrario, “los males comunicados, si no alcanzan sanidad, alcanzan alivio”.
    Una de las situaciones más difíciles en la vida de las personas es la llegada de una enfermedad seria, y cómo la admiten, lo qué mejor las caracteriza o define. Algunas personas no aceptan la enfermedad, no entienden cómo y por qué les ha podido tocar a ellas, e incluso dudan que el diagnóstico médico de su padecimiento sea cierto. Otras, la mayoría, la aceptan porque saben que por haber nacido padecemos y morimos, y se ponen en manos del médico para que les cure o alivie. Aceptar la enfermedad sin lamentarnos, tal vez nos ayude mejor a combatirla. Dice un proverbio oriental, “si tu mal tiene remedio ¿por qué te quejas? Si no lo tiene ¿por qué te quejas?”

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