Femineidad y coquetería







    Antes de que empiece a leer este artículo le advierto que, desde el principio al final, para poder expresarme, no he tenido más remedio que generalizar. Por eso le pido que no se incomode conmigo por no referirme a las excepciones que modifican la regla.
    Albert Einstein dijo que los tres principios en su vida habían sido la verdad, la bondad y la belleza. De esta última también decía que no mira, solo es mirada. Los tres me parecen maravillosos, y creo que cualquier persona de bien tiene que estar de acuerdo con ellos. 
    Hace poco leía una entrevista que le hacían en “El Mundo” a Arturo Pérez-Reverte -ya citado la semana anterior por otro motivo-, ese escritor de tanto éxito que habla sin pelos en la lengua, incluso para decir que pelea porque los idiotas merecen morir, en la que expresaba que el cuerpo de una mujer es el lugar más hermoso de la Tierra.
    Y pensé de nuevo en la belleza de la mujer. Había dicho en un artículo anterior que dudaba de la existencia de Dios, porque no entendía como no había hecho a todas las mujeres igual de bellas. Dios es bueno, todopoderoso, no todas las mujeres son muy hermosas: pueden casar cualesquiera dos de ellas pero no es posible casar las tres.
    La belleza física de la mujer depende fundamentalmente de la herencia, de cómo eran de agraciados sus antepasados.
     Pero no basta con la belleza, la mujer necesita adornarla. Y los realces son la femineidad y la coquetería o capacidad de seducción.
    He observado que la coquetería y femineidad -dos cualidades del género femenino que tanto gustan a muchos hombres- casi siempre van unidas a la belleza. 
    Siempre me ha llamado la atención por qué son, o eso creo, más femeninas y coquetas las mujeres bellas que las no tan bellas.
    Siempre me ha llamado la atención por qué cuidan más su forma de engalanarse las mujeres más hermosas que las que no lo son tanto. Las que visten de una forma más descuidada, parecida a la de muchos hombres, no suelen ser las más hermosas.
    Y ya no digamos si a la belleza, femineidad y coquetería de una mujer se le une la inteligencia. Un amigo mío, que no es escritor como Pérez-Reverte, pero también es muy perspicaz, dice que estas cuatro características en una mujer hacen que sea un “peligro” para cualquier hombre, y más aún para los que tengan llenos los bolsillos. 
    Platón decía que la belleza es el esplendor de la verdad. Oscar Wilde dijo que la belleza es superior al genio, y que es terriblemente triste eso de que el talento dure más que la belleza. Y más triste es aún cuando a la belleza de una mujer va unida la femineidad y la coquetería.
    Pero las mujeres guapas que poseen estas dos características deberían cumplir lo que San Francisco de Sales decía: la belleza para ser agradable tiene que ser ignorada. Pues la belleza no hace feliz a la mujer que la posee sino a quien pueda amarla y adorarla, dijo Hermann Hesse. ¿O sí la hace? Porque la belleza es la mejor carta de recomendación. Ya Arthur Schopenhauer señaló que la belleza nos ganaba de antemano los corazones.

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