Sobre algunas cosas (de ahora y de siempre)







“Ayuda a tus semejantes a levantar su carga, pero no te consideres obligado a llevársela” (Pitágoras de Samos)






    A raíz del saqueo ocurrido hace casi un año en dos supermercados de Andalucía, por un diputado de Izquierda Unida del parlamento andaluz y otros acompañantes, el 10 de agosto de 2012 el periódico El Mundo decía en un pequeño editorial que Izquierda Unida cuestionaba el derecho de la propiedad privada, porque, según los mandamases de este partido político, esta no tiene un carácter sacrosanto.
    Siempre que leo noticias como esta o parecidas recuerdo lo que me dijo mi padre, aún no hace muchos años, y que ya le conté en otra ocasión. Él nunca me habló de política, aunque era un marinero que pensaba, como muchas otras personas de su época, que Franco le había venido bien a España para detener el desastre de la segunda república. Había quedado huérfano siendo muy pequeño, y a los 12 años comenzó a pescar en los barcos de bajura de un tío suyo que lo había recogido en su casa. Me dijo que su tío y sus primos eran muy trabajadores y que en los veranos llegaban en muchas ocasiones por las mañanas con el barco abarrotado de sardinas al muelle del puerto de El Pindo. Y que a veces tenían que regalarlas o tirarlas al mar porque los camiones de los escasos compradores ya habían adquirido las sardinas necesarias para la venta, comprándoselas a los pescadores menos afanosos que habían dejado de pescar a medianoche, después de recoger las redes del “asexo” o primer lance de la noche. Ellos, sin embargo, echaban las redes al mar tres veces durante la noche: “asexo”, “amanexo”, y la última, a la alborada, que llamaban lance de “alba”. Siempre creí que lo que quería decirme era que muchas veces los vagos son los más espabilados, porque mientras otros trabajan duro ellos maquinan como hacerse con algún dinero trabajando mucho menos. Y esto mismo es lo que yo pienso de estos gandules que asaltaron los supermercados y también de los que cuestionan la propiedad privada. 
    Esto también lo pensé de los que dirigían las asambleas de estudiantes en los primeros años de la carrera, en la Facultad de Medicina de Santiago de Compostela, en los años finales de la década de los 60 del siglo pasado. No eran los más estudiosos sino todo lo contrario. Enseguida me di cuenta que había un gran trasfondo político en quienes querían aparecer ante el resto de los compañeros de facultad como salvadores que aspiraban únicamente a arreglar las injusticias y echar abajo la dictadura. Una gran parte de ellos venían de familias que no tenían problemas económicos, como los tenía la mía y las de algunos otros para poder pagar los costes de nuestros estudios, e incluso algunos eran hijos de militares que servían y se beneficiaban del régimen de Franco.
    Un amigo médico recientemente fallecido me decía, cuando terminamos la carrera, que no creía en los salvadores. Yo tampoco. No hace falta salvar a nadie. Hace falta trabajar, preocuparse de hacer lo mejor posible el trabajo que nos han encomendado, y predicar con el ejemplo. Y es lo que no hacen los que más deberían hacerlo.
    Crecí en Quilmas, una pequeña aldea de la Costa de la Muerte en La Coruña, al lado de El Pindo, otra aldea o pequeño pueblo donde nací, y fue muy fácil darme cuenta que los que más propiedades tenían eran los que más trabajaban. Los que más los criticaban por haberse enriquecido eran los que no daban un palo al agua. A estos, los vecinos más trabajadores, primero les daban para que pudieran comer; después les regalaban una caña o algunas redes para que fueran a pescar. 
    No soy un santo. Y por eso estoy de acuerdo con lo que decía Pitágoras y con lo que hacían los marineros de mi aldea con sus vecinos poco voluntariosos.

         

 

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