La envidia




“En cuanto nace la virtud, nace contra ella la envidia, y antes perderá el cuerpo su sombra que la virtud su envidia” (Leonardo da Vinci)





    Aunque era muy joven, ya era el mejor médico del hospital. Le encantaba su profesión. Incluso los domingos acudía al laboratorio de Anatomía Patológica para trabajar, para ver "cristales" de pacientes en el microscopio. Me comentaba que cuando alguna vez se tropezaba con algún otro médico en el hospital en día festivo se extrañaban mucho y le preguntaban qué era lo que hacía allí. Cuando él le explicaba que estaba voluntariamente, sin cobrar un céntimo, aún se asombraban más, porque ahora los médicos hospitalarios somos como otros funcionarios de cualquier empresa pública.

    Era muy brillante, y por eso otros profesionales del hospital le envidiaban. Si fuera del montón, como la mayoría, nadie le envidiaría. Algún familiar le recomendó que intentase pasar más desapercibido, pero entonces tendría que estar callado en las sesiones clínicas y sus opiniones eran siempre muy lúcidas y precisas. Recuerdo haberle invitado en alguna ocasión a participar en discusiones de casos de pacientes y notaba como para algunos médicos -los menos perspicaces- no era santo de su devoción.

    Si se interrogara a los médicos que trabajaban y se relacionaban más con él, posiblemente ninguno admitiría que lo envidiaba, y sin embargo creo que el ambiente de rencor en su trabajo fue la causa que le llevó a solicitar una beca para irse durante algún tiempo a un hospital extranjero.

    La Fundación Barrié de la Maza se la concedió por dos años en el MD Anderson de Houston, y allí se lo quedaron. Ya era antes, y ahora más, un médico patólogo excepcional, con una grandísima inteligencia y una enorme capacidad de trabajo. Casi nadie en el hospital le echó de menos y los que lo envidiaban quedaron aliviados. El equipo que dirigía el Complejo Hospitalario de Ourense en aquel momento tampoco hizo algo para que no se fuese a EEUU.  

    La envidia, uno de los siete pecados capitales, es sentir tristeza o pesar por el bien ajeno. Es un sentimiento que no busca que a uno le vaya mejor sino que al otro le vaya peor. Es considerada como un pecado capital porque genera otros pecados, otros vicios; el término "capital" no se refiere a la magnitud del pecado sino a que da origen a muchos otros pecados y rompe con el amor al prójimo que proclamaba Jesús.
   La envidia es un sentimiento que nunca produce nada positivo en el que lo padece sino una insalvable amargura. Bertrand Russell sostenía que “la envidia es una de las más potentes causas de infelicidad. Siendo universal, es el más desafortunado aspecto de la naturaleza humana, porque aquel que envidia no sólo sucumbe a la infelicidad que le produce su envidia, sino que además alimenta el deseo de producir el mal a otros”.
    Incluso la envidia en grados superlativos puede llegar a convertirse en un trastorno psiquiátrico. El doctor Saúl F. Salischiker, médico psiquiatra, dice del envidioso/a, "cuando una persona se obsesiona y deja de vivir por estar pendiente de tu vida o en este caso de la vida de su adversario, de su entorno, y entre otras cosas siente agobio por cada uno de sus triunfos… Aparte de mostrar signos graves de inferioridad, te muestra que estás tratando con una persona psiquiátricamente enferma."
    Creo, como muchas otras personas, que es el peor pecado o defecto de los españoles.  Jorge Luís Borges decía, el tema de la envidia es muy español. Los españoles siempre están pensando en la envidia. Para decir que algo es bueno dicen: "es envidiable”. Y debe ser parecido en otros países del Sur de Europa. Cuando le pregunto a mi amigo médico portugués, si son envidiosos, siempre me contesta: “¡Uyyy…, aqui tamben hay muita inveja, a misma que en Espanha!”   
    Miguel de Unamuno escribió, “es muy claro, los espíritus vulgares, ramplones, no consiguen distinguirse, y como no pueden sufrir que otros se distingan le quieren imponer el uniforme del dogma, que es un traje de munición, para que no se distingan… Desengáñate Joaquín, eso que llaman ideas peligrosas, atrevidas, impías, no son sino las que no se le ocurren a los pobres de ingenio rutinario, a los que no tienen ni pizca de sentido propio ni originalidad y sí solo sentido común y vulgaridad. Lo que más odian es la imaginación porque no la tienen”. El escritor de la generación del 98 afirmaba que era el rasgo de carácter más propio de los españoles, y escribió para ejemplificarlo su novela Abel Sánchez, en la que el verdadero protagonista, que significativamente no da título a la obra, ansioso de hacer el bien por la humanidad, sólo recibe desprecio y falta de afecto por ello, mientras que el falso protagonista, que sí da título a la obra, recibe todo tipo de recompensas y afecto por lo que no ha hecho.
    Creo que Unamuno tenía toda la razón. ¡Cuántas veces personas con una enorme valía profesional –como el joven patólogo del que les hablé antes- no son consideradas por sus colegas o directores, y otras, con muy escasa o ninguna valía, son encumbradas!
    Los envidiosos/as no tienen reparo alguno en contar mentiras sobre las personas que envidian, sobre sus éxitos o sobre lo que poseen. Suelen pertenecer a este grupo las personas que pierden mucho tiempo hablando de ellas mismas para alabarse, y de las demás para criticarlas. Creo que, aunque parezca lo contrario, no tienen un buen concepto de sí mismas, y posiblemente muchas tengan complejo de inferioridad. Y hay que distinguirlas de otras, las que son tan necias que ni envidian, ni reconocen sus limitaciones y la superioridad de otras personas. Y al no darse cuenta de su necedad pueden incluso creerse superiores. Larra las definía muy bien en El pobrecito hablador, “aquí tenemos el loco orgullo de no saber nada, de quererlo adivinar todo y no reconocer maestros. Las naciones que han tenido, ya que no el saber, deseos de él, no han encontrado otro remedio que el de recurrir a los que sabían más que ellas”.
    Tal vez la mejor definición de la envidia haya sido la de nuestro genial Francisco de Quevedo, “la envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come”.









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