No era el sol ni el mar de Finisterre





“La verdad en un tiempo es error en otro” (Montesquieu)







    Un fin de semana de la primavera de 2013, cuando iba camino de Quilmas (La Coruña) pensé que, si el tiempo me permitía tomar el sol en la playa y bañarme, comprobaría una vez más que el bronceado de Area Blanca, una de las pequeñas playas de mi pequeña aldea, es diferente del adquirido en las playas de las Rías Bajas.
    El fin de semana fue regular pero el primer día pude disfrutar del sol en las rocas de la playa.
    Y recordé cuando tenía treinta, incluso cuarenta, y pasaba gran parte de las vacaciones de verano en esta bonita aldea y me bañaba en esta u otra playa los días que el tiempo lo permitía. Después, aquel color moreno brillante de la piel que conseguía me hacía pensar que el sol y el agua de mar de la costa de Quilmas eran diferentes de los de otras zonas del mundo. Bueno, solo se parecía al de Mallorca, porque cuando pasé allí unos días de verano hace muchos años vi un señor alemán, cenando en un restaurante al lado del puerto, con el mismo bronceado de piel que el mío. 
    Mi mujer me había dicho en el coche que el bronceado de Quilmas no era distinto del de otras zonas de Galicia, sino que era mi piel la que tenía menos años y por eso el moreno era más brillante. Ya hacía tiempo que también a mi me parecía lo mismo, pero no quería creerlo.
    Esperé al lunes. Después de ducharme, vi que mi cara no brillaba como antes. Y confirmé que aquel bronceado resplandeciente de hace años se debía a la edad de la piel, la misma que la mía, y no al sol o al agua de mar de Finisterre, ya que estos no habían cambiado. ¿O sí? Ellos, el mar y el sol de Finisterre también son más viejos ahora que antes, y además ahora el agua de mar de aquella zona, como el de tantas otras, está contaminada por los desagües que antes no había. Antes, los chavales de la aldea la bebíamos después de jugar al fútbol en la playa y el sol no hacía daño en la piel porque no recuerdo que utilizáramos cremas para protegerla.
    ¡Y después dicen que el arrugamiento y envejecimiento del cerebro es una enfermedad llamada demencia! Entonces, ¿cómo llamamos al arrugamiento y envejecimiento de la piel? Los dos se arrugan y envejecen. La única diferencia es que la piel no piensa ni tiene memoria.   
    Ese mismo lunes le di la razón definitivamente a mi mujer. No era el sol ni el agua de mar de Finisterre. Era la edad de la piel, la mía.

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