Antibióticos






“El mejor médico es el que conoce la inutilidad de la mayor parte de las medicinas” (Benjamin Franklin)







    Casi lo único que recuerdo de las clases sobre antibióticos en la asignatura de farmacología, cuando estudiaba la carrera de Medicina, es que antibiótico significa anti-vida, decía un profesor. Y que la penicilina era un antibiótico fenomenal pero que a una de cada 100.000 personas podía causarle un shock anafiláctico e incluso la muerte.
    Y desde aquellas fechas hasta ahora me he dado cuenta de las falsas creencias de los pacientes y sus familiares sobre esta clase de fármacos -fenomenales cuando están bien indicados, pero que también pueden causar problemas importantes, algunos muy serios, en caso contrario-, no por su culpa sino por la nuestra (de los médicos).
    Cuando hacía la especialidad en el Hospital de Valdecilla, en Santander, allá por los 70 del siglo pasado, recuerdo que cuando nos llamaban a los médicos residentes para ver un paciente hospitalizado que había hecho fiebre, siempre intentábamos aclarar la causa de la misma, descartando sobre todo neumonía o infección urinaria cuando los síntomas no eran clarificadores, y, si el paciente no estaba grave y eliminábamos esas dos posibilidades u otras incluso más graves, lo tratábamos sintomáticamente con un antitérmico y seguíamos la evolución de la fiebre en ese paciente determinado, pero no solíamos iniciar tratamiento antibiótico mientras no conociéramos la causa.
    Después, ya en el hospital de Orense, lo habitual era y es que los médicos de guardia inicien tratamiento con un antibiótico de amplio espectro aún sin conocer la causa de la misma y sin que el paciente esté grave. Siempre he pensado que de esta forma el médico, casi siempre el menos excelente y más inseguro, se queda más tranquilo y con la sensación de que ha hecho lo correcto.
    Y estas imperfectas actuaciones de los médicos se han traspasado a la sociedad. Hoy, muchísimas personas asocian fiebre e inicio de tratamiento antibiótico. Por eso, cuando llegan las bronquitis y la epidemia de gripe durante los meses de frío, se incrementa la venta de estos fármacos a pesar de no estar indicados en estas infecciones víricas.
    Los tratamientos innecesarios con antibióticos, como sucede en los casos de gripe o bronquitis agudas en personas sanas, ocasionan un incremento del gasto farmacéutico y pueden causar complicaciones, incluso a veces graves.
    Las complicaciones más habituales de la mayoría de los antibióticos son trastornos gastrointestinales, diarrea el más frecuente, pero también otras más serias. Un problema importante que vemos los neumólogos con demasiada frecuencia son los tratamientos excesivos e innecesarios con antibióticos y/o corticoides inhalados en muchos pacientes con enfermedades pulmonares crónicas, como bronquiectasias y enfermedad pulmonar obstructiva crónica tabáquica, que contribuyen a que sus pulmones se colonicen e infecten con gérmenes, después muy difíciles de erradicar, como la pseudomonas aeruginosa o el estafilococo dorado meticilín-resistente.
    Pero también en niños y adultos algunos médicos recomiendan antibióticos en resfriados comunes, bronquitis agudas y gripes sin estar indicados, ya que estas infecciones están causados por virus y los antibióticos son ineficaces.
    Por eso le aconsejo, si usted es una persona sana o el padre o madre de un niño sano, que cuando un médico le recomiende un antibiótico para una infección de vías altas respiratorias pregúntele por la razón o razones por la que debe tomarlo, sus beneficios y los posibles efectos adversos. Repito, no están indicados en las bronquitis agudas que padecemos las personas sanas, muy frecuentes por otra parte si estamos en contacto con niños pequeños, quienes durante los meses de frío están casi siempre acatarrados.
    Es deber del médico informar al paciente sobre el diagnóstico o la sospecha diagnóstica de la enfermedad que padece y el o los porqués de la prescripción o prescripciones que hace.
 

  

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