Diario para mis nietos (23 de abril de 2020)







“La paz y la armonía constituyen la mayor riqueza de la familia” (Benjamin Franklin







    Hola. Hace días que no os escribo. Me lo recordó hoy por la mañana la madre de Valentina y Uxía. No tenía nada nuevo que contaros. Ya sabéis que hago todos los días la cama y que cocino muy bien. Sería más interesante hablar de vosotros tres, pero ya hablamos y nos vemos casi todos los días.
    Del coronavirus, Valentina y Uxía ya lo saben casi todo, y a ti, Jaime, no te hace falta. Os felicito a los tres porque en cuatro o cinco días vais a poder salir a la calle, ¡por fin!
    Por eso os voy a hablar de una buena persona, familiar vuestro, que no habéis conocido, pero os puede servir de ejemplo. Antes, lo fue para mí y para vuestra madre, padre y tío.
    Tenía tres o cuatro años más que tú, Valentina, cuando se fue de casa. Después de morirse su madre, cuando tenía cinco o seis años, su padre volvió a casarse y la madrasta no le trataba bien. Como no estaba a gusto, se fue de la casa de su padre en Quilmas para la casa de sus tíos en El Pindo. Caminó tres kilómetros de noche. En aquellos tiempos, en la carretera solo pasaba algún coche de línea por el día.
    A los 12 años ya salía a pescar con sus primos, un poco más jóvenes que él, en el barco de su tío Rafael, el padre de sus primos. Pocos años después su tío le confió el barco. Él era el patrón. El tío Rafael y su mujer, tía Pilar, me dijeron mucho después que era muy sensato y trabajador, y que confiaban en él totalmente. El vendía el pescado y le entregaba íntegramente el dinero de las ventas. Nunca se quedó con una peseta. Ellos le daban algo de dinero, para salir los domingos, aunque en aquella época tampoco había donde gastarlo.
    No volvió a casa de su padre. Años más tarde se murió su padre. Su otro hermano se murió de tuberculosis cuando estaba haciendo el servicio militar. Su padre había tenido una hija con su madrasta que emigró a Uruguay.
    Siguió trabajando duro en casa de su tío, hermano de su padre. Sus tíos y primos le querían mucho. Además de muy trabajador, era muy buena persona. Una tía soltera, hermana de su padre, que vivía con ellos, quería que se casase con su sobrina, hija de su hermano Rafael.
    Él no aceptó. Se enamoró de la que luego sería su mujer y se casaron muy jóvenes. Él 25 y ella 24 años. Al año de casados nació su primer hijo, que se murió a los pocos días de nacer. Un año más tarde nací yo, su segundo hijo, en la casa del Pindo donde vivían, que era de su tío Rafael. 
    Un año después, emigró a Uruguay. En Montevideo había familiares de El Pindo y allá estuvo ocho o nueve años trabajando, sin volver a España. Escribía cartas a su mujer y todos los meses enviaba dinero al banco para pagar la casa que estaban construyendo en Quilmas.
    María, su mujer, al marcharse él se fue a vivir a Curra conmigo. Primero, en una casita en malas condiciones al lado de la de sus padres y después en el primer piso de la escuela de Curra, hasta que estuvo finalizada la casa de Quilmas.
    A los ocho o nueve años regresó en un barco de pasajeros que atracó en el puerto de Vigo. Allí, lo recibimos mi madre y yo. No lo conocía porque se había ido cuando tenía poco más de un año.
    Poco después de regresar, compró con un socio que también había estado en Uruguay, un pequeño barco de bajura, el “Paz y Parada”. Unos años después disolvieron la sociedad.
    Él quería que yo fuese marinero como él, pero mi madre le dijo que quería que fuese médico porque el maestro de la escuela le había dicho “tu hijo vale para estudiar y es una pena que no le deis estudios”. Él, a regañadientes, aceptó, después de decir a mi madre que iban a tener muchos problemas económicos para poder estudiarme. Los tres primeros años del bachillerato en una pensión en Corcubión y después en una pensión en Santiago hasta el final de la carrera. Y los tuvieron.
    Se quedó él con el barco de bajura. Incluso el almacenista del pueblo, hermano del maestro y casado con una prima de mi madre, le fiaba las redes hasta que podía pagárselas. También a veces pagaba con retraso las mensualidades de la pensión de Santiago.
    Y cuando los ingresos no eran suficientes para pagar mis estudios, navegó en barcos mercantes algunos años como maquinista. Después, siguió trabajando en el barco de bajura que amarraba en el puerto de Quilmas hasta que se jubiló.
    Adoraba a su mujer y a su hijo. Y llegó la primera nieta (Xiana) y luego sus otros dos nietos (Juan y César). ¡Cuánto los quería! Ojalá pudierais haberle visto cocinando costilletas y huevos fritos para su hijo, nuera y nietos, esperando nuestra llegada con el tenedor en la mano, sentado por dentro o fuera de la puerta de casa.
    Os conté esto porque creo que podéis aprender algunas cosas de él, a pesar de haber ido muy poco tiempo a la escuela.
    Tomaba decisiones con determinación y valentía. Emigró a Montevideo a los 26 o 27 años porque quería construir una casa para su familia en la huerta que le había dejado su padre y hermano. Había heredado muchas fincas en el campo, pero no tenían valor.
    Supo negociar y dar su brazo a torcer con su mujer para estudiar a su hijo. Después estaba orgullosísimo al verlo ejerciendo como médico. Aquí demostró ser inteligente. Aunque se hubiese negado a estudiarlo, al final tendría que ceder porque las mujeres siempre acaban saliéndose con la suya (¡esto recuérdalo bien, Jaime!).
    Trabajó duramente toda su vida. Todos los días se levantaba de madrugada, muy temprano, para ir a pescar.
    Siempre tuvo muy claro que la justicia no es igualdad. Que era justo que los muy trabajadores vivieran mejor que los flojos.
    Estaba enamorado de su mujer y adoraba a su hijo, a su nuera y a sus tres nietos, y os hubiera adorado a vosotros. ¡Qué pena que no hayáis conocido a vuestro bisabuelo Joaquín!

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