La compasión del médico





Si conociéramos el verdadero fondo de todo tendríamos compasión hasta de las estrellas (Graham Greene)






    Trabajaba como médico residente de neumología en el Centro Médico Nacional Marqués de Valdecilla de Santander. Un paciente de treinta y tantos años había sido internado en una de las camas a mi cargo. Sus dos pulmones estaban llenos de nódulos de distintos tamaños. La causa era un carcinoma bronquioloalveolar. La progresión de su enfermedad fue muy rápida. Le asistí hasta que murió en la misma cama donde había ingresado. Lo pasé muy mal. Era el primer paciente que atendía de esas características: joven y con una enfermedad incurable, que pronto le conduciría a la muerte. Me daba mucha pena, pensaba en él casi todo el día. Pero mi compasión no le curaba. Mi malestar disminuyó los últimos días antes de su muerte, cuando, por el efecto de la morfina, comenzó a decirme que se encontraba bien, que estaba mucho mejor. Y murió así, sin darse cuenta.
    Fue probablemente el paciente que más afectó mi estado anímico. No entendía como una persona tan joven tenía que morir sin tener culpa de nada. Ni tan siquiera era fumador. No debería morirse. Pero murió.
    Desde ese momento hasta ahora han pasado muchos años y he vivido muchas otras situaciones similares, pero probablemente ninguna me conmovió tanto.
    La compasión, según el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española, es un sentimiento de conmiseración y lástima que se tiene hacia quienes sufren penalidades o desgracias. Según Wikipedia, describe el entendimiento del estado emocional de otro, y es con frecuencia combinada con un deseo de aliviar o reducir su sufrimiento. El budismo ha hecho de este sentimiento su actitud espiritual propia. Todo ser vivo merece esta piedad cuidadosa, esta solidaridad en la finitud o por la menesterosidad.
    La compasión del médico existe, y es necesaria, pero creo que los médicos –hablaré a partir de ahora en plural como suposición, ya que solo conozco mis impresiones, no las de otros médicos-, desde que comenzamos a ejercer como tal, vamos creándonos una coraza para que las desdichas de los demás nos aflijan cada vez menos.
    Recuerdo de nuevo, en mi rotación por Cuidados Intensivos de aquel mismo hospital, como llamó mi atención la frialdad que parecían tener los médicos y enfermeras de la Unidad de Polivalentes, que cuidaban excelentemente a tantos enfermos muy graves, y atendían a muchos hasta la muerte. Probablemente, por un mecanismo de defensa, se habían ido protegiendo ante la desgracia de sus semejantes, para poder seguir trabajando en una zona del hospital donde la muerte se presentaba en cualquier momento. 
    ¿Tiene el médico el mismo grado de compasión con todos los enfermos? Creo que no. Los médicos no se compadecen igual de todos los enfermos, porque no es comparable la desgracia de unos con la de otros. Es normal que la compasión sea mayor para un niño o persona joven con una enfermedad grave que para una persona anciana con la misma enfermedad.
    ¿Debe el médico compadecerse por igual de todos los enfermos? El médico debe asistir y tratar igual de bien a todos los enfermos, pero creo que así como todos los médicos somos distintos eso mismo ocurre con los enfermos, y por tanto, tal vez, no todos merezcan la misma compasión. Intentaré aclarar esta última afirmación o duda.
    Hay enfermos que padecen enfermedades causadas pos su culpa. Me refiero, por ejemplo, a los pacientes con dolencias causadas por fumar cigarrillos, por tomar bebidas alcohólicas o comer demasiado. Algunos de estos enfermos no se compadecen de ellos mismos. Continúan fumando, tomando bebidas alcohólicas o comiendo en exceso, a pesar de haber sido informados de que para evitar que sus enfermedades progresen necesitan cesar de fumar, de atizarse bebidas alcohólicas o comer menos. Aunque no sea culpa de ellos, sino de (su) falta de voluntad, pienso que generalmente los médicos no tienen la misma compasión con estos enfermos que con los que hacen caso a las recomendaciones médicas para detener la progresión inexorable de sus padecimientos.    
   ¿Es necesaria la compasión del médico para el enfermo? Es buena, pero no necesaria. Cuando hace años padecí una úlcera duodenal y pedí ayuda al doctor don José Fernández Rodríguez, que ya me había atendido antes, no lo hice para que me compadeciera sino porque era un eminente profesional -aprovecho este momento para decir que siempre lo consideré, mientras ejerció, uno de los mejores clínicos de Orense-. Particularmente, si tengo que elegir entre compasión y capacitación profesional del médico prefiero que la balanza se incline hacia esta última. Aunque sé lo que importa para el paciente la amabilidad del médico -el doctor Fernández también la tenía-, el buen diagnóstico y el tratamiento correcto son lo más importante para aliviar las enfermedades que pueden curarse.
    Y por último, ¿es necesaria la compasión para ser (buen) médico? Shimon Glick, un médico judío que ejerce en New Jersey escribe, “el cimiento sobre el que ha de basarse la medicina es la compasión, ahí es donde comienza todo, y sin esa base uno no puede ser un verdadero médico”. Este testimonio se genera a partir de orientaciones religiosas. No estoy seguro que la compasión sea obligatoria para ser un buen médico. Aunque House es una serie fantástica de TV, el doctor House es el mejor médico del equipo porque es el más inteligente, el que más conocimientos tiene y, por tanto, el que mejor diagnostica y trata a los enfermos. Todos los que ven o vieron esta serie notan la escasa cordialidad del protagonista con los pacientes y familiares, pero posiblemente muy pocos echan de menos su falta de compasión. No sería bueno que el médico llegase a parecerse a este afamado doctor de ficción. Pero tampoco lo sería que continuase compadeciéndose de las penalidades de los demás como cuando inició su carrera.

P. D.: Graham Greene pasó temporadas, durante  años, en el Monasterio de Osera, en Orense.





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