Envejecimiento



“Todo el mundo quisiera vivir largo tiempo, pero nadie querría ser viejo” (Jonathan Swift)

                    "La vejez existe cuando se empieza a decir: nunca me he sentido tan joven" (Jules Renard)


    En los últimos años ha habido avances en lo relacionado con la salud y la tecnología diagnóstica de enfermedades, pero ha habido muchos menos en lo que atañe al tratamiento y nada en lo tocante a retrasar el envejecimiento. Eso sí, ha aumentado la longevidad pero nos hacemos viejos igual que antes.

    Hace pocos días oía en la CNN que unos investigadores americanos buscaban en la sangre proteínas u otras sustancias que aclararan la causa del envejecimiento. Pensé que tal vez sería mejor que investigaran como detener el tiempo, porque si lograsen detenerlo, que no pasara, ya no envejeceríamos. Claro que eso tampoco valdría, porque entonces nunca dejaríamos de ser niños. Y eso nadie lo desearía. A ver quién nos iba a dar de comer. Por lo tanto, parar o detener el tiempo no sería una buena solución.

    Aunque para mí estos descubrimientos ya no importarían, llegarían tarde, me parece fenomenal que sigan intentando descubrir cuáles son las causas del envejecimiento para remediarlas y no envejecer. Porque, como dice mi amigo y ahijado de boda, hacerse viejo es la mayor inutilidad que existe, ya que no es útil para uno ni para los demás. Pero vuelvo a pensar lo mismo. Sólo se evitaría el envejecimiento deteniendo el paso del tiempo, y eso parece una misión imposible. Ya sé que me he liado, diciendo casi lo contrario que opiné en el párrafo anterior...

    Envejecen más tarde los que llevan una vida saludable, sin tabaco ni alcohol, comiendo poco y haciendo ejercicio. También parece que no envejecen, o que lo hacen más tarde, las artistas, presentadoras de TV, princesas y algunas otras personas menos famosas. En sus caras, arregladas por los cirujanos plásticos u otros profesionales dedicados a esas composturas o apaños, no solo parece que se ha detenido el tiempo sino que incluso ha retrocedido. Pero, aunque muchas de estas personas acaben creyéndoselo, no es verdad, envejecen lo mismo o peor.

    Uno se da cuenta que es viejo cuando empieza a oír, de personas conocidas o amigos, “por ti no pasan los años”, porque cuando uno es joven no oye estos halagos. Los demás se dan cuenta que somos viejos porque comenzamos a dejar de ser educables, como señaló muy bien Arturo Graf. Hace pocos días estaba viendo el partido de fútbol entre el Barcelona y el Atlético de Madrid en un bar de Sanxenxo (Pontevedra). Muy cerca estaba sentado un señor, mayor aún que yo. El bar estaba lleno de gente y hacía calor. El señor se descalzó el zapato del pie izquierdo y se sacó el calcetín. Luego hizo lo mismo con el zapato del pie derecho. Metió los calcetines, probablemente sudados, en el bolsillo del pantalón y a continuación, sin lavarse las manos, se puso a beber la caña de cerveza. Pensé que tal vez no lo hubiese hecho, sin importarle nada lo que pudiésemos pensar los que estábamos cerca, unos años antes, cuando era más joven.

    Posiblemente, una de las cosas más incómodas de la vejez son las diversas averías y las enfermedades. Se desgastan los huesos, las articulaciones y los músculos, y no podemos caminar a la misma velocidad como cuando éramos jóvenes. También lo hace la piel: no adquiere el tono brillante que adquiría antes, cuando habían pasado pocos años por ella, con la exposición al sol. Pero los peores desgastes son los de la vista y los del cerebro. No podemos leer la letra pequeña y la letra grande nos parece mucho más pequeña. Nos cuesta identificar a las personas conocidas cuando van por la otra acera de la calle, si también vemos mal de lejos. El razonamiento se vuelve más lento y perdemos el recuerdo: primero nos olvidamos de los nombres, luego de las palabras y de las caras, y a continuación de lo que habíamos pensado un momento antes. “Jo, te iba a decir algo que había pensado ahora mismo pero ya lo he olvidado”, se nos oye decir frecuentemente a los mayores.

    Los deterioros del cuerpo los vamos llevando porque no hay más remedio. El de la mente nos hace mucha menos gracia. Pero lo que aún llevamos peor son las enfermedades que afloran, lógica o ilógicamente pero afortunadamente, con la vejez, ya que sería peor que lo hicieran en la juventud. Y, además, la vejez es una enfermedad como cualquier otra en la cual al final uno se muere irremediablemente, dijo Alberto Moravia.

    Pero si es joven no se preocupe. Todo puede ser distinto para usted. Leí hace unos días que se está trabajando para desarrollar un chip inalámbrico para prevenir y tratar enfermedades desde dentro del cuerpo. Estas noticias le animarán muchísimo. No quiero desanimarlo, pero póngalas en entredicho. Y sí es aún más joven, puede animarse todavía más. No hace muchos años leí u oí que unos científicos decían que en el 2100 los humanos podíamos llegar a vivir mil años. Estoy seguro que he leído u oído esta cifra, con los tres ceros. Sí es verdad que no sé cuál era el prestigio de los científicos que lo decían. Me queda pena no poder llegar vivo a esas fechas, no por lo de vivir mil años, porque si ahora los viejos tenemos el cuerpo como lo tenemos con menos de cien como lo tendríamos con mil, sino para ver si para esas datas se llega a los ciento treinta.    

    Decía no hace mucho Felipe Sierra, chileno y responsable del Instituto de Envejecimiento de EEUU, que sobre el envejecimiento se han hecho muchos reclamos sin base científica.

    Arturo Graf también dijo esto otro: “la vida es un negocio en el que no se obtiene una ganancia que no vaya acompañada de una pérdida”. ¿De tiempo?

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