Vacaciones: ¿en las Rías Altas o en las Rías Bajas?





“Nadie necesita más unas vacaciones que el que acaba de tenerlas” (Elbert Hubbard)






    He nacido en El Pindo, ayuntamiento de Carnota, La Coruña, pueblo de las Rías Altas, y hasta los veinte y pocos años pasaba los veranos en Quilmas, la aldea contigua a El Pindo (ahora O Pindo), adonde se habían ido a vivir mis padres. Creía que era el mejor sitio del mundo para disfrutar del verano porque no conocía otros.
    Me levantaba tarde e iba a Corna Becerra, una playa a la que llegaba caminando en quince minutos, con un libro. Por la mañana, hasta que subía a comer, estaba solo. Por la tarde acudían otros chavales de la aldea, nos bañábamos y jugábamos al fútbol. Por aquellas fechas solo iba a la playa la gente joven.
    El agua de Corna Becerra se podía beber, si no fuera porque estaba salada. En cincuenta o más kilómetros de costa, a cada lado, no había pueblo alguno que saneara sus aguas residuales en el mar. La única contaminación posible era algún petróleo que se hubiese derramado al mar accidentalmente, desde los barcos pesqueros de los pequeños puertos de las rías de Corcubión o Finisterre.
    A esta playa, con muchas rocas, llevábamos a nuestros hijos pequeños. Además de bañarnos y tomar el sol, cuando lo hacía, podíamos pescar. También iba con frecuencia mi madre, no a bañarse, sino a escarbar con las manos en la arena para coger almejas. Las más ricas que he tomado en mi vida.
    Todo se fastidió -por no decir una palabra más fea- cuando una empresa sueca montó allí, a pocos metros de la playa, una piscifactoría de rodaballo, tal vez porque en su tierra no les dejaban hacer estos disparates. La comida con la que alimentaban a las crías de rodaballo no sé lo que tendría pero, con lo que de allí salía al mar por los desagües, las sabrosas almejas cuadriplicaron o quintuplicaron su tamaño. Mi madre se quedó impresionada de la dimensión que habían alcanzado. Yo estaba con ella cuando las coció. Las tuvimos que tirar, sin probarlas, por el olor nauseabundo que salía de ellas cuando abrieron sus valvas. Desde aquel momento no he vuelto a comer rodaballo de piscifactoría.
    Por culpa de esta granja de pescado nos mudamos a la playa de Area Blanca, también en Quilmas, que tiene la mejor y más blanca arena del mundo. Aunque uno se eche en ella con el cuerpo mojado, al secarse, se desprende toda sin necesidad de limpiarla. Tiene muchas pequeñas rocas visibles, debido a que hace años mucha gente cargaba tractores de aquella maravillosa arena para venderla y utilizarla en la construcción.
    Hace un año se la enseñé a un amigo de Madrid. Estábamos los dos solos una mañana soleada. Me dijo que no le extrañaba que le hablara tan bien de Area Blanca, porque parecía una playa privada. Hace pocos días le llevé, como siempre, unos caramelos a mi madre -creo que le conservan bien el cerebro, porque a pesar de la demencia senil que padece su cabeza está igual de bien o mal que hace cinco años-, y me dijo, “estos caramelos saberían millor (sabrían mejor) en Area Blanca”.
    En los últimos años, los días de verano que no trabajo, descanso en las Rías Bajas, en Sanxenxo. Para una persona como yo, acostumbrada a bañarse de joven en pequeñas, higiénicas y desocupadas playas, es difícil estar a gusto en una como la de Silgar. Porque, aunque no llega al abarrotamiento de algunas del sur de España, los fines de semana casi no hay sitio para poner la toalla.
    Pero hay tantas playas en esta zona que, con el coche, se puede llegar enseguida a las de los alrededores. Muy cerca está Pragueira, una blanca y hermosa playa, casi nunca tan saturada como la de Silgar, y con un fenomenal chiringuito a escasos metros, en el que las sardinas, navajas, calamares, y todo lo demás, están buenísimos.
    Hay diferencias muy importantes con respecto a las Rías Altas. En numerosas ocasiones que aquí hace un tiempo fantástico y soleado, allí está lloviendo, y en las vacaciones de verano se soporta muy mal la lluvia. Porque si lloviera durante unos minutos podría refrescarnos e incluso resultar agradable. Pero no es así. Recuerdo un lluvioso mes de julio en Quilmas, en el que solo pudimos ir a la playa dos días.
    Hace años un compañero malagueño y su mujer habían reservado un apartamento en Ortigueira, La Coruña, para pasar allí un mes. A la semana se marcharon. Me decían, “los dos o tres primeros días incluso nos gustó la lluvia, porque en Málaga casi no la vemos ni oímos en todo el año, pero claro, aquello pasó de castaño a oscuro y nos fuimos porque no paró de llover los siete días”.
    Además, el agua está más caliente que la de las playas de las Rías Altas, la fiesta nocturna para los jóvenes también debe ser más no sé como que en los pueblos de las Altas, y en la mayor parte de los numerosísimos “furanchos” se come bien y barato.    
    Hace poco, en octubre de 2011, tuve la suerte de conocer Honolulu, en la isla de Oahu, una de las ocho principales del archipiélago de Hawai, porque se celebraba el congreso anual del Colegio Norteamericano del Tórax. Quedé impresionado del clima, y entendí por qué los americanos, japoneses, chinos y europeos abarrotan todo el año este lugar idílico para pasar unas vacaciones. Angeline Jolie se fue a esta paradisíaca isla estos días con sus hijos. Allí, la escasa lluvia que caía ocasionalmente de alguna nube caliente durante unos minutos se agradecía.
    Aunque antes me parecía Quilmas el mejor paraíso para pasar las vacaciones, comprendo muy bien ahora por qué hay tan pocos veraneantes en las Rías Altas, cuando las Rías Bajas están casi llenas. El clima soleado anima el espíritu y es esencial para el descanso del cuerpo en verano. Ya lo aseguraba René Descartes, “cuando el espíritu está alegre, el cuerpo se comporta mejor”.


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