La prudencia






 “Es cordura provechosa ahorrarse disgustos. La prudencia evita muchos” (Baltasar Gracián)





    Hace unos años hablaba con el padre de un joven amigo mío, ensalzando las cualidades de su hijo, y he recordado en muchas ocasiones su respuesta, sus palabras: “sí, estoy muy orgulloso de mis hijos, porque creo que han hecho caso a lo que intenté inculcarles desde que eran muy jovencitos, que fuesen educados, respetuosos y prudentes”.

    La educación, el respeto y la prudencia suelen ir unidos. Una persona prudente suele ser educada y respetuosa. Y la prudencia a quién más beneficia es al que la posee.

    La prudencia, también cautela, precaución, es definida como cuidado, moderación o sensatez que se pone al hacer algo para evitar inconvenientes, dificultades o daños. Epicteto de Frigia decía que la prudencia es el más excelso de todos los bienes.   

    La enorme importancia de la prudencia viene reflejada en la definición de la palabra antónima, imprudencia o inconsciencia: falta de juicio, sensatez y cuidado que una persona demuestra en sus acciones. La imprudencia puede perjudicar más a los otros que a uno mismo; es la principal causa de accidentes de tráfico.

    En cuanto a la prudencia e imprudencia hay grados. Es más imprudente un señor que navega o conduce distraído o a velocidad excesiva, cuando es el responsable del viaje de cientos de pasajeros, que cuando lo hace solo en su barco o en su coche. Es un imprudente superlativo el capitán latino del Costa Concordia, encallado en las costas de la isla de Giglio el pasado año, y también lo es el conductor del tren accidentado hace pocos días, a escasos kilómetros de Santiago de Compostela, si se confirman las sospechas policiales.  

    Hoy, cuatro días después del terrible accidente de tren en Angrois (La Coruña) con más de 70 muertos, pienso a menudo que este pavoroso accidente, si se debió a la imprudencia del maquinista del tren, es de una enorme gravedad. Si fue así, no me valen las palabras que el conductor pronunció poco después del descarrilamiento: “La he jodido. Me quiero morir”. Porque el hijo de la prudencia es el valor, no la temeridad, como muy bien dijo nuestro insigne Calderón de la Barca.     

    Siempre he admirado el comportamiento de las personas prudentes, tal vez porque adolezco de esta sabiduría. Me encanta el proverbio que dice: “nadie prueba la profundidad del río con ambos pies”. Y creo que la prudencia o sabiduría se relaciona inversamente con la vanidad o engreimiento. La vanidad hace siempre traición a nuestra prudencia y aún a nuestro interés, señaló muy bien Jacinto Benavente.

    Hace poco el premio Nobel de física, Anthony James Leggett, decía en Santiago, cuando le entrevistaba Elisa Álvarez para La Voz de Galicia, que sospechaba que podían existir fluctuaciones en el espacio tiempo, de tal manera que en algunas regiones locales el tiempo realmente fuese hacia atrás.

    Ojalá regresase el tiempo en la curva de ferrocarril de Angrois hasta el 24 de julio de 2013, y el maquinista del tren Alvia, que había salido de Orense con destino a Ferrol, la tomase entonces a la velocidad debida. No estaríamos todos ahora lamentando tantos muertos, ni tantas familias preguntándose el por qué les tuvo que tocar a ellas.  



Comentarios

  1. me parece una ignorancia. y todo x culpar al maquinista y no al sistema de vias o al q le llamo, un imprudente esta centrado no distraido xq una distraccion es involuntaria(por un estimulo insesperado,un susto,etc

    ResponderEliminar
  2. me parece una ignorancia. y todo x culpar al maquinista y no al sistema de vias o al q le llamo, un imprudente esta centrado no distraido xq una distraccion es involuntaria(por un estimulo insesperado,un susto,etc

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Tos sin enfermedad orgánica

Enamorarse y casarse después de los 60, ¿es saludable?

Arrugadísima, guapísima