Amor a primera vista





"La belleza de la mujer se halla iluminada por una luz que nos lleva y convida a contemplar el alma que tal cuerpo habita, y si aquélla es tan bella como ésta, es imposible no amarla" (Sócrates)





    Cuando era pequeño oía frecuentemente en mi aldea a unas personas recomendarle a otras no meterse en camisas de once varas. Yo voy a meterme ahora, sin necesidad, porque me apetece.
    Todos nosotros hemos oído en muchas ocasiones decir de la unión entre un hombre y una mujer que se trató de un amor a primera vista. Y hemos leído entrevistas en las que uno o los dos de la pareja decían que lo suyo había sido un amor a primera vista.
    Usted y yo sabemos el significado de “a primera vista”. ¿Pero sabemos lo que es el amor? Según la definición que me había enviado mi amigo, después ahijado de boda, y sobresaliente médico de Oporto, un poco antes de su tercera unión o boda a los 61 años, “dos vocales, dos consonantes y dos idiotas”. Según el Diccionario de la Real Academia Española (RAE) de la Lengua, hay varias acepciones de amor. He tomado dos de ellas que están relacionadas con lo que tratamos hoy. Una, “sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear”. La otra, “tendencia  a la unión sexual”.
    A los 11 años, cuando estudiaba bachillerato en Corcubión, provincia de La Coruña (ahora, A Coruña), conocí por primera vez el amor a primera vista. Me enamoré de una niña guapísima, María Jesús, que vivía cerca de la pensión donde yo estaba, y era hija del dueño del único cine que había en aquel maravilloso pueblo. Hasta creo que ella también se enamoró de mí, porque por las tardes, cuando le dejaban salir sus padres después de la merienda, pasaba varias veces por delante de la ventana de la habitación de la planta baja donde yo estudiaba, o hacía que estudiaba, para verla y hablar con ella. Bueno, hablar le hablaba poco porque era tímido, y sigo siéndolo, aunque pocos años después cuando leí “Amiel”, un estudio sobre la timidez basado en un personaje real, de Gregorio Marañón, me animé porque según este eminente médico y escritor español, al verdadero varón, como a su parecer lo era Amiel, le gusta solo una mujer, y sin embargo el don Juan español, que él llama tímido indiferenciado, es capaz de estar enamorado o amar a varias mujeres a la vez. Y yo, como Amiel, amaba solo a una.
    No sé si ella obtenía algún beneficio de mi enamoramiento, y tampoco logro saber ahora si el mío tenía alguna o mucha relación con que ella me pasara siempre gratis al cine, se sentara a mi lado, arriba, en preferente, y yo pudiera gastar el dinero que mis padres me daban para ir al cine en comprar cajetillas de cigarrillos rubios "Tres Carabelas", sin filtro, que tanto me gustaban.
    Creo que aquel fue un amor a primera vista y duró hasta los 13 años, cuando me fui a estudiar cuarto curso de bachillerato a Santiago. Por tanto, una cosa ya parece clara, los amores a primera vista no siempre acaban en unión permanente o definitiva.
    En Santiago de Compostela estudiaba como externo en el Colegio La Salle. En la pensión que vivía conocí muchos amores a primera vista de otros compañeros. Era el más joven de la pensión. Había estudiantes de medicina, ingeniería, químicas, económicas…, y casi todos estaban enamorados de María, la sobrina de la dueña de la pensión. Todos querían salir con ella. Algunos le hacían regalos -un estudiante de La Coruña le traía zapatos sin estrenar de la zapatería que tenían sus padres y otro de Cambados se los hacía aún más caros-, y ella se reía de todos porque no le gustaba ninguno. Solo le hacía algún caso a los que menos se lo hacían a ella. María era para ellos un amor a primera vista, pero ella no les correspondía.
    Allí fue donde me di cuenta que mi madre y Cervantes, perdón, que Cervantes y mi madre, tenían razón. Cervantes decía que las mujeres son como la sombra, si las sigues se van y si te vas -y ellas están interesadas (añadido mío)-, te siguen. Mi madre me decía de pequeño que nunca les diese caramelos a las niñas, porque luego se reirían de mí. Ella, que era muy guapa de joven y aún lo es ahora, no lo decía como Cervantes, pero me contaba que, antes de casarse, a los chicos que querían salir con ella era a los que menos caso les hacía.
    En “Sinuhé el Egipcio”, fenomenal novela de Mika Waltari que le recomiendo leer este mismo verano, el amor de Sinuhé por Nefernefernefer también fue un amor a primera vista, pero relacionado con la segunda acepción de amor de la RAE de la Lengua citada más arriba. Sinuhé, que era médico y buena persona, llegó a vender las posesiones de sus padres, en vida, por un deseo desmedido de gozar de los encantos de la bella pero malvada Nefernefernefer, quien, como María, la sobrina de la dueña de la pensión “La Marinera”, se reía de él.   
    Seguro que usted, a lo largo de su vida, ha contemplado mujeres que le encantaron, aún sin conocerlas, pero este enamoramiento a primera vista era también probablemente más afín al segundo significado de amor citado anteriormente. Este verano puede ver mujeres bellas de las que podrá enamorarse a primera vista, aunque luego no llegue a conocerlas tan siquiera, por el hechizo de su hermosura. Si después llegara a estar con alguna de ellas, podría quedar decepcionado al conocer su alma.
    Por tanto, ¿existe el amor a primera vista? Es posible que, más que amor, se trate de encantamiento -como el de Don Quijote por Dulcinea, aunque el de este valeroso hidalgo de La Mancha no entre en ninguna de las dos acepciones citadas-, si nos atenemos a una parte del primer significado; o deseo, si tenemos en cuenta el segundo. Para llegar al amor de la primera acepción, hay que conocer a la mujer, y después, si es tan bella el alma como el cuerpo que habita, como decía Sócrates, es cuando se la ama. 
    Si es usted mujer, le ruego que me disculpe. Pero aún me hubiera metido más en camisas de once varas si hubiera analizado el amor a primera vista desde su perspectiva.

  





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