¡Cuánto nos gusta (a casi todos) tomar medicamentos y cuán equivocados estamos! (y III)






“El mejor médico es el que conoce la inutilidad de la mayor parte de las medicinas” (Benjamin Franklin)            





   El tratamiento con medicamentos es la tercera causa de muerte en Estados Unidos después de las enfermedades del corazón y el cáncer. La causa de las muertes son principalmente los efectos adversos de los medicamentos, las malas indicaciones de los mismos y los errores en su administración.
    Merece hacerse aquí un comentario sobre los fármacos para tratar la depresión nerviosa. Existen múltiples fármacos que estos pacientes toman a veces durante toda su vida. Cuando les preguntamos porque llevan años tomándolos si no les han curado la depresión, responden que cuando intentan disminuir las dosis o suspenderlos se encuentran peor. Estos fármacos, ineficaces según la opinión de algunos importantes médicos psiquiatras no relacionados impropiamente con las compañías farmacéuticas y farmacólogos, “no corrigen ningún desequilibrio químico, sino que lo provocan. Es por lo que resulta tan difícil dejar de tomarlos. Si se toman durante más de unas semanas, estos fármacos crean la enfermedad que en principio tenían que combatir. Hemos convertido la depresión (en el pasado remitía espontáneamente) en un trastorno crónico por culpa de los fármacos que se toman para ella. Los pacientes con depresión pueden experimentar síntomas horribles al tratar de dejar de tomar el tratamiento, síntomas que pueden ser similares a la enfermedad, y otros que nunca habían sufrido antes. Es algo realmente terrible que casi todos los psiquiatras -y por tanto también sus pacientes- interpretan esto como una señal de que el tratamiento es aún necesario. Y normalmente no lo es. Lo que pasa es que se han convertido en dependientes del fármaco, igual que un drogadicto tiene dependencia de la heroína o cocaína. Y debido a que estos fármacos tienen efectos anfetamínicos, deberíamos considerarlos como drogas con recetas y tomarlos lo menos posible” (La información última entrecomillada está tomada de “Medicamentos que matan y crimen organizado” de Peter Gotzsche, que una vez más le recomiendo leer).
    Hemos responsabilizado o culpado hasta ahora de las muchas prescripciones y malas indicaciones a las compañías farmacéuticas y a los médicos. Usted se preguntará: ¿no tienen culpa alguna los pacientes? Le respondo: sí, pero se debe sobre todo a la mala información o desinformación que han recibido de los médicos y de la publicidad engañosa de los medicamentos en los medios de comunicación costeada por las compañías farmacéuticas.
    Las informaciones que reciben continuamente de los medios de comunicación y de los propios médicos es que hay avances importantes en el tratamiento de muchas enfermedades casi todos los días. Algunas informaciones como que pronto se curará el cáncer, nuevos tratamientos para enfermedades crónicas como la diabetes o la enfermedad de Parkinson, vacunas para el SIDA, tratamientos personalizados para las enfermedades, etcétera, son engañosas y hacen pensar a la gente que la medicina avanza a un ritmo parecido a la tecnología cuando no es así: aún hoy no curamos el resfriado común, tan frecuente, ni la gripe, enfermedades causadas por virus; se curan ellas solas.   
    Por eso no es de extrañar que los pacientes le pidan a los médicos medicinas para curar rápidamente sus males. Hace poco consultaba a una mujer de 88 años, a la que diagnosticaba una bronquitis aguda y le decía que se curaría y pasaría la tos con el paso de los días, salvo que se complicase. Me llamó a los pocos días para decirme que seguía tosiendo, y que tenía que haber algún medicamento para curarla y para que le pasase la tos, ¡ya!
    A veces, de broma, les comento a los pacientes lo de aquel pediatra de La Coruña que tenía poca paciencia y que cuando le llamaban las madres repetidamente para comentarle que la tos del niño persistía, después de haberle diagnosticado bronquitis y recetarle jarabes que sabía que no servían más que como placebo, les decía que la única forma de que le pasase la tos era hacerle lo que ordenó hacer Calígula a su sobrino, que tosía por las noches y no dejaba dormir al emperador. Las madres preguntaban que era -pensando en un remedio casero- y el doctor les decía que ordenó cortarle el cuello. Puedo imaginar lo que las madres pensarían de aquel pediatra y lo que harían a partir de ese momento.
    El mejor tratamiento de la tos es tratar la enfermedad que la produce. Pero en las gripes y bronquitis agudas causadas por virus no tenemos tratamiento alguno para curarlas y la tos puede durar semanas. La tos, aunque molesta, no causa complicaciones y es el mejor expectorante que existe. En estos casos mencionados va disminuyendo con el paso del tiempo, al irse curando la inflamación bronquial causada por los virus causantes de estas enfermedades. 
    Es raro que los enfermos en nuestro país salgan de las consultas de los médicos, hayan acudido por lo que hayan acudido, sin una o más recetas, aunque tengan enfermedades para las que no haya tratamiento efectivo alguno. Prescribir es lo que menos cuesta a los médicos; diagnosticar correctamente las enfermedades que padecen los enfermos es lo más que más cuesta a los médicos, pero es lo más importante.
    Estoy convencido de que si los médicos no tuviésemos relaciones impropias con las compañías farmacéuticas y consultásemos siempre como Dios manda a los pacientes disminuirían las prescripciones, y los pacientes y ciudadanos sanos dejarían de confiar tanto en los medicamentos y comenzarían a prevenir mejor las enfermedades, teniendo en cuenta lo que dijo muy bien el antropólogo italiano Paolo Mantegazza: “De cien enfermedades, cincuenta las produce la culpa y cuarenta la ignorancia”.


    




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