Personajes y personajillos de aquí y de allá






"Hay que dejar la vanidad a los que no tienen otra cosa que exhibir" (Honoré de Balzac)






    No me avergüenza decirlo. Soy pro-americano (¿se dice así?). Me gustan todas las ciudades de Estados Unidos que conozco, pero sobre todo me gustan sus gentes, por su sencillez y su falta de engreimiento o presunción. Lo mismo puede verse al nada más y nada menos que Barack Obama, presidente del país más poderoso del mundo, comiendo en Rainbow Drive In, un restaurante de tercera en las afueras de Honolulu, al lado de la carretera, en el que se pueden comprar platos típicos sin bajarse del coche o tomarlos en unas mesas afuera, al aire, o en un bar de comida rápida en Washington, que a Bill Gates, el hombre más rico del mundo, paseando por las calles de Seattle, como un ciudadano más. Claro que aquí también hay gente de tanto o más mérito y nada vanidosa: Amancio Ortega y Juan Roig, son dos buenos ejemplos.

    Pero en nuestro país, los modelos como el señor de Zara y el dueño de Mercadona no son habituales, al contrario, más bien escasean. Y los que hay, son más fáciles de encontrar entre las personas de mérito reconocido. Sin embargo, es mucho más fácil encontrar personajes de nada, pero que se creen mucho, por todos lados, y sobre todo entre los políticos, los cargos públicos, y los de la farándula. Y la culpa de que exista un número tan abundante de personajillos presuntuosos no es de ellos, es nuestra.

    Recuerdo un día, hace muchos años, que estaba viendo la televisión en blanco y negro en la cantina de mi aldea y hablaba don Licinio de la Fuente, ministro de trabajo en el Gobierno de Carrero Blanco. Cuando terminó, les oí decir a los hombres mayores que le escuchaban, “fura as espiñas falando” (“agujerea las espinas hablando”), es decir, que lo hacía extraordinariamente. Y posiblemente era cierto. Aquel señor, todavía vivo, era licenciado en derecho y Abogado del Estado. Ahora da pena escuchar a portavoces, altos cargos de los principales partidos políticos e incluso ministros, por lo mal que se expresan.

    Pero aún da más pena entrever lo que algunos de estos se creen, lo que aparentan ser. Fíjese en ellos detenidamente cuando los vea en la televisión, solos o en grupos en los pasillos del parlamento u otros lugares. La vanidad reflejada en sus caras y en sus movimientos es infinita. Los actores de Hollywood, cuando desfilan por la alfombra roja, a su lado, parecen unos timoratos. “Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”, dice el refrán. Esto indica algo muy preocupante: que los que nos gobiernan no son los mejores, si no los mediocres. Y así nos va.

    Sucede algo parecido entre los altos cargos públicos. Casi todos ellos han sido seleccionados “a dedo”, por los situados más arriba. No han tenido que competir con nadie, solo han necesitado ser afines al partido que gobierna en ese momento y tener “buenas amistades”. Sin embargo, ¡qué fácil encontrar personajillos engreídos entre ellos! Solo he conocido bien los que ocuparon y ocupan cargos de este tipo en los hospitales. Y, en general, los que menos han durado en sus puestos eran los mejores, pero los más críticos y menos sumisos con sus superiores. También, en los altos puestos del sistema público, como entre los políticos, abundan los personajillos y la mediocridad.

    Cuando digo los de la farándula, me refiero a los personajillos que salen todos los días en esos “programas del corazón” de la televisión. La mayor parte de los que se pueden ver a diario no destacan como actores, ni como deportistas, ni en otras profesiones: solo salen en la pantalla por sus relaciones con otros personajillos del sexo opuesto. Estos, también corrientes, son sin embargo aún más “listos” que los anteriores, porque muchos de ellos viven muy bien, incluso mejor que los otros, sin dar un palo al agua.   

    ¿Y por qué digo que la culpa es nuestra? Porque nosotros hemos permitido el sistema actual de los partidos políticos, verdaderas mafias o castas donde solo permanecen y trepan los obedientes, y son eliminados todos los que destacan y/o son críticos, hemos consentido que los altos cargos públicos sean elegidos por el dedo de los mediocres que nos gobiernan, y encendemos muchas veces el televisor para ver a los de la farándula diciendo bobadas.

    En definitiva, creo que muchos de nosotros reverenciamos más a los que aparentan ser que a los que son. Tal vez porque la mayor parte (de nosotros) también somos corrientes.



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