La medicalización de los médicos



“No es la mejor manera de tratar a los enfermos que un médico ignorante acumule remedios sobre remedios” (Erasmo de Rotterdam)



    Hace poco una madre que acudía a consulta con sus dos hijos, uno de dos años y el otro de siete meses, me contaba que los dos estaban tomando los mismos medicamentos: un broncodilatador y un corticoide, a través de una cámara de inhalación, que le había recomendado su médico pediatra. Le pregunté si le había preguntado al médico por que se los prescribía, qué era lo que tenían sus hijos. Me respondió que el médico hablaba poco y además no era fácil entenderle porque no era español, pero que le había dicho que tenían muchos catarros y que se los daba para prevenir que tuviesen más. El niño mayor tenía frecuentes catarros desde que había comenzado a acudir a una guardería y se los contagiaba a su hermano pequeño.

    También hace poco un chico de 15 años y su madre me contaban en la consulta que tres días antes había sido consultado por un médico en un centro de salud, con síntomas típicos de bronquitis aguda, y, sin haberle realizado una espirometría le había diagnosticado bronquitis aguda y asma, y le había recetado un antibiótico, un “mucolítico”, y un espray con un broncodilatador y un corticoide inhalado asociados. Le expliqué a él y a su madre que en mi opinión solo padecía bronquitis aguda y que suspendiera la medicación que le habían recomendado porque las bronquitis agudas están causadas por virus, como la gripe, y solo está indicada medicación sintomática si no hay complicaciones. Le comenté que puede haber ruidos sibilantes (“pitos o gaitas”) en el pecho en la bronquitis aguda, y que no siempre que hay pitidos o silbidos en el tórax es asma, ya que también los puede haber en otras enfermedades pulmonares.

    Ayer, un señor de 84 años que acudía con su hija porque hacía dos semanas había comenzado a tener síntomas típicos de resfriado común y bronquitis aguda, muy frecuentes en estas épocas de frío, había ido al médico y le había recomendado un antibiótico, un “mucolítico” y un espray con broncodilatador y corticoide asociados.

    Piense lo que podía haber sucedido en estos casos si se le mantuviesen los diagnósticos y recomendaciones inadecuadas: tomar medicamentos innecesarios y con importantes efectos adversos sabe Dios por cuanto tiempo.

    Los diagnósticos erróneos de asma son frecuentes. En un estudio canadiense se demostró que más de un tercio de las personas obesas diagnosticadas y tratadas de asma, por dificultad respiratoria y ruidos sibilantes en el pecho, no padecían asma. La dificultad respiratoria y los ruidos en el pecho estaban relacionadas con la obesidad, y los corticoides que tomaban aparte de no tener efecto beneficioso alguno les estaban ocasionando múltiples efectos adversos: aumento del apetito y peso, efectos desfavorables sobre los huesos, ojos, etcétera.    

    Considerar ciertas enfermedades como epidemias de extraordinaria propagación y letalidad como se consideró a la gripe A es un ejemplo de medicalización de la sociedad. Medicalización es también convertir ciertos acontecimientos de la vida cotidiana en problemas de salud, como por ejemplo la menopausia, osteoporosis e hipertrofia prostática. Detrás, con su influencia perversa, siempre está la industria farmacéutica para conseguir su objetivo principal: beneficiar cada vez más a sus accionistas con el aumento en las ventas de medicamentos.

    Pero creo que la medicalización de la sociedad se ha debido a la medicalización previa de los médicos, que se puede definir como la prescripción sin ton ni son, relacionada con la falta de conocimientos y por dejarse influenciar, a cambio de sinecuras, por la publicidad engañosa, interesada y maliciosa de la industria farmacéutica a través de sus delegados. Además de los médicos, otros organismos también han sido y son corrompidos por la industria farmacéutica: (Organización Mundial de la Salud, Food and Drug Administration, sociedades y revistas médicas de todo el mundo, etcétera.).

      En los casos de los pacientes comentados al principio los principales responsables, podría decir que los únicos, somos los médicos, por habernos dejado pervertir por el poder mafioso de la industria farmacéutica. En ningún texto médico serio se recomienda tratar con antibióticos, broncodilatadores y corticoides inhalados a los resfriados comunes y bronquitis agudas, que suelen suceder simultáneamente y resolverse espontáneamente, y que están causados por virus en los niños y adultos.

    La falta de conocimientos, de estar al día, hace que lo que comienza haciendo un médico o lo que dicen unas directrices, realizadas la mayor parte de las veces por médicos “expertos” con sórdidas relaciones con las compañías farmacéuticas, enseguida es copiado por los demás, sobre todo si se trata de aumentar el número de prescripciones. Un médico nunca será criticado o denunciado por recetar mucho, solo por recetar poco. Es raro encontrar pacientes que se paren a pensar en la necesidad o conveniencia de tomar tantos medicamentos como toman y sin embargo es más fácil oírles criticar a los médicos con los que se consultaron -muchas veces los mejores médicos- y no le prescribieron medicinas. Dijo sabiamente hace muchos años Benjamin Franklin: “el mejor médico es el que conoce la inutilidad de la mayor parte de los medicamentos”. Y Guy de Chauliac: “es menester en cualquier médico, primero hacer ciencia, después uso y experiencia”.

    Y, por si no lo sabe, entre nosotros -los médicos-, hay el mismo número de deshonestos y estúpidos que entre cualquier otro sector de la sociedad. Viene aquí a cuento lo que dijo muy bien George Bernard Shaw en su librito The Doctor´s Dilemma, publicado en 1911: “hay otra dificultad para confiar en el honor y conciencia de un médico. Los médicos son iguales a los otros hombres; la mayor parte de ellos no tienen honor ni conciencia: lo que ellos generalmente confunden con el honor y la conciencia es el sentimentalismo y un intenso miedo para hacer algo que los demás no hacen, u omitir hacer algo que todos los demás hacen”. Aunque se estaba refiriendo a los médicos ingleses de principios del siglo XX, se podía aplicar muy bien a los médicos ingleses y españoles de ahora mismo. 

    El problema fundamental es que la medicalización de los médicos acabó causando la medicalización de la sociedad (http://joaquinlamela.blogspot.com.es/2014/05/la-medicalizacion-de-la-vida.html), y ahora ya parece muy difícil dar vuelta atrás. Para conseguirlo, o al menos intentarlo, sería fundamental cortar de raíz la interesada y funesta relación entre los médicos y la industria farmacéutica a través de los delegados, y prohibir las subvenciones y la financiación de la industria farmacéutica a las sociedades médicas, revistas médicas, realizadores de guías de actuación clínica -estas deberían ser elaboradas por médicos sin relación con la industria farmacéutica-, organismos sanitarios públicos, etcétera. También se deberían escrutar profundamente los ensayos clínicos financiados por la industria farmacéutica antes de aceptarlos para su publicación. Y que las empresas donde trabajan los médicos, o ellos mismos, se encarguen de su formación continuada y se prohíba la formación financiada por la industria farmacéutica a través de sus médicos “expertos” en nómina.

    Si pusiéramos estiércol en una cápsula, la venderíamos al 90% de los doctores. Esto fue lo que dijo Harry Loynd, presidente de Parke, Davis and Company, desde 1951 a 1967, en una reunión de la empresa, a sus delegados y trabajadores.

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