Nunca pensé que envejecería...



“Todos deseamos llegar a viejos; y todos negamos que hemos llegado” (Francisco de Quevedo)



    Sí, es verdad como conté el otro día, que de pequeño tenía mucho miedo a morir, tal vez por el rezo de mi abuela, con la que dormía cuando era niño, a un santo para que nos diera una buena muerte.
    Pero, aunque seguí pensando en la muerte, hasta hace muy poco nunca había pensado que envejecería. Mejor dicho, creía que no me haría viejo porque siempre le había oído decir a mi padre que hacerse viejo es un delito y no quería que se cometiera este delito conmigo. A pesar de todo lo que me iba sucediendo.
    Lo primero que me pasó y no lo tuve en cuenta fue cuando comencé a notar que al leer tenía que alejar mis ojos de la página del libro y después de leer mucho me dolía levemente la cabeza. ¿Sería por la presbicia o vista cansada? ¿Necesitaría gafas para leer? Demoré mi visita al oftalmólogo de la familia. Fui y me dijo que las necesitaba, y que además tenía astigmatismo. No le pregunté, como me preguntan muchos enfermos, que por qué me pasaba esto ahora si antes veía bien. Pero sí es verdad que me pareció raro porque me sentía joven. Además, ¿cómo iban a envejecer mis ojos si yo no había envejecido? ¡Envejecían los demás, yo no!
    Después, aunque tardé en reconocerlo, aprecié qué en las carreras de madrugada, todas ellas de igual distancia recorrida, tardaba más tiempo. Me costó aceptarlo. Le echaba la culpa a haber aumentado uno o dos kilos. Pero los adelgazaba y no disminuía el tiempo en recorrerla. ¿A qué se debería entonces?
    Más tarde aparecieron las moscas volantes y los relámpagos en mis ojos (https://joaquinlamela.blogspot.com.es/2013/06/relampagos-y-moscas-volantes.html). La oculista me explicó a que se debían y dijo que esto le pasaba a las personas de edad, a unas antes y a otras más tarde.
    Por esas fechas oía cada vez más en la consulta a los enfermos o familiares decirme que por mi no pasaban los años. Me gustaba, claro, ¡a quién lo le gustan los halagos!, pero me hizo sospechar que tal vez era verdad que estaba envejeciendo porque cuando tenía menos años, cuando era más joven, nunca me habían dicho eso.
    Más adelante tuve que cambiar las gafas de cerca porque con ellas ya no veía bien de cerca y tampoco de lejos por el astigmatismo. Más gasto al hacer esas famosas bifocales.
    Ya mucho antes cuando iba a la peluquería le decía a la peluquera ―ya hace algunos años que no voy porque me corta el pelo mi mujer― que notaba que cada vez tenía menos pelo. Ella me decía que tardaría muchos años en notar la calvicie. Comencé a notarla cuando tenía un espejo detrás y ahora ya la noto sin espejo, y cuando mi mujer me corta el pelo cada vez queda menos en el lavabo.
    He notado algunas otras cosas que (tal vez) pueden achacarse al envejecimiento, pero no viene a cuento contarlas aquí y ahora.
    Sí, debí haber envejecido. ¿Por qué me iba a respetar sólo a mí el no envejecer ya que veo a gentes de mi edad que conozco desde hace mucho que han envejecido?
    Mi padre tenía razón. Pero como no quiero creerlo voy a decir lo mismo que esas parejas de más de 80 años que entrevistan en la televisión y aseguran que lo hacen todos los días…


    


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