La hija de mi musa, mi nieta










"Un día mi abuelo me dijo que hay dos tipos de personas: las que trabajan, y las que buscan el mérito. Me dijo que tratara de estar en el primer grupo: hay menos competencia ahí" (Indira Gandhi).








    Tu madre no quiso saber el sexo de lo que llevaba en el vientre desde hacía nueve meses, ni permitió que los familiares investigásemos por nuestra cuenta si eras niña o niño, hablando con su tocólogo. 

    Nos llamó el 8 de septiembre por la mañana, para decirnos que habíais ingresado en la Maternidad Belén de A Coruña. Pocas horas después estábamos a vuestro lado. A tu madre la maternidad le había sentado fenomenal. Estaba más guapa que nunca, a pesar de que cada poco tenía dolor y ahora ya era intenso, no como las molestias de los días anteriores. Tu madre es fuerte, pero debía dolerle mucho porque decía que el próximo niño que tuviese sería adoptado (no se lo tomes a mal, tú no tenías culpa alguna). Y aún le quedaba lo peor. Cuando tenía dolor apretaba fuertemente la mano de su marido o la de su madre, tu abuela. Y tú sin enterarte.

    Bajasteis a la sala de partos. Una o dos horas después subía su marido, tu padre, y nos informaba a la familia que todo había ido muy bien para ti y para tu mamá. Que su mujer, mi hija, te había dado a luz y que estabas muy sana y muy despierta, muy viva.

    Un poco después te subieron a la habitación. A tu lado en la cama estaba tu madre. Escuché atentamente hasta que oí tu llanto. Era muy bonito también, pero no tanto, ni tan cantarín como el de tu madre cuando nació. Estabas muy bonita, pero no tanto como tu madre cuando nació. Estoy seguro que no nació nunca niña tan guapa como tu madre, ni con un llanto tan agradable, tan alegre. Espero que no te parezca mal, porque es verdad.

    Y tú, la hija de mi hija, mi nieta, sin reparar en todos los familiares que estábamos en la habitación comenzaste a succionar el pecho de tu madre, como si lo hubieras hecho infinidad de veces antes. ¡Qué sabia es la naturaleza!, se suele decir sin saber qué o quién es el responsable de que tú, la hija de mi hija, mi nieta, hicieras tan bien lo mismo que hizo tu madre, lo mismo que hacen todos los recién nacidos sin haber sido enseñados antes ni necesitar que os lo enseñen después, al nacer, ahora.

    Tu madre estaba feliz, tú la hiciste muy feliz al salir de su vientre, porque ya te esperaba así, sana y despierta, como eres. Estoy seguro que nunca antes lo había sido tanto, al menos de esta manera, de la manera que tú la habías hecho. Ya no decía que el próximo hijo sería acogido. Se lo pregunté poco después y me dijo que no era momento de hablar de eso. ¿Entiendes Valentina? 

    Solo pasaron tres semanas desde tu nacimiento y ya nos pareces a toda la familia la niña más bonita, la más espabilada del mundo. Bueno, es verdad, estás muy despierta, muy avispada. Tienes a quien parecerte. No, no estoy pensando en tus abuelos y tíos. Estoy pensando en tu padre y en tu madre.

    Bienvenida Valentina. Toda la familia te adorará y yo te querré mucho, mejor dicho, ya te quiero mucho, pero nunca podré quererte más que a tu madre, mi hija, mi musa.

P. D.: Valentina, yo también te digo lo mismo que le dijo a Indira Gandhi su abuelo.



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