La frustración






"Dueños de sus destinos son los hombres. La culpa, querido Bruto, no está en las estrellas, sino en nuestros vicios" (William Shakespeare)





    Aún no hace mucho escribí un artículo que al iniciarlo lo había titulado como el de hoy, pero cambié de idea enseguida porque me pareció más fácil llenar la hoja con la culpa que con la frustración. Pero después no me sentí bien, me consideré poco valeroso por no escribir sobre la frustración como tenía pensado y, más aún, por la situación en la que estamos.

    Creo que escribí en "La culpa" lo que decía el profesor Juan Brenlla Losada, que nos daba clase de psiquiatría a los alumnos de cuarto curso en la Facultad de Medicina de Santiago de Compostela, allá por los 70 del siglo pasado, cuando explicaba la frustración: “la culpa nunca es de los demás, siempre es de uno mismo”. Y no sé si ya en ese momento o poco después pensé que tenía toda la razón.

    Frustración es, según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, el fracaso en una esperanza o deseo. ¿Y no es verdad que cuando fracasamos en nuestro deseo de conseguir algo, es por culpa de no haber puesto el empeño suficiente o porque nuestra voluntad no ha sido bastante fuerte para trabajar duro y conseguir lo que esperábamos o deseábamos?

    Cuando nos sucede esto, luego vienen las quejas: “estoy frustrado”, “me he llevado un buen palo”, “no me esperaba esto”…, en vez de preguntarnos: “¿qué he hecho mal?”, “¿en que he fallado?”, “¿en qué tengo que mejorar la próxima vez para conseguir mi deseo?”, y recordar las palabras de Winston Curchill, "el éxito se aprende yendo de fracaso en fracaso sin desesperar".

    Ya en otra ocasión puse el ejemplo de cuando a los diecisiete años, en el primer o segundo curso de Medicina, veía paseando por El Franco, la calle de los vinos de Santiago, a una estudiante guapísima, que me encantaba, acompañada de una amiga, y pocas semanas o meses después me incomodé conmigo mismo cuando vi que había cambiado de compañía; ya no era su amiga quien la acompañaba, sino un “amigo”. ¿Acaso no era yo el único culpable de no haber intentado, al menos, conocerla? Tengo que decir, a mi favor, que no me duró mucho la frustración ni me quitó una sola hora de sueño.

    Ahora, en estos tiempos de aprietos económicos, es muy frecuente escuchar lamentaciones de gente joven por estar sin trabajo. Y ver que muchas veces la respuesta es entrar en el bar, a gastarse lo poco que han ahorrado, para aliviar las penas. Esa no es la respuesta o, mejor dicho, es la respuesta que empeora las cosas.

    Por eso hace poco me entusiasmó conocer que un joven padre en el paro se encerraba en casa, no con una botella de vino sino con una enciclopedia para instruirse y concursar en  “Pasapalabra”, un programa de éxito en Telecinco. Se llevó de premio más de un millón y medio de euros. Claro, muchos dirán, ¡qué suerte! Pues no, no ha sido la suerte, ha sido el esfuerzo. En vez de perder el tiempo apoyado en la barra de un bar, charlando con los amigos, cómo recomienda el último anuncio de Coca-Cola, lo aprovechó preparándose para participar en un concurso de TV. Es verdad que, aparte del esfuerzo, se le veía inteligente y lo demostraba cuando le preguntaba el presentador que haría con tanto dinero en caso de que lo ganase. Decía que para lo que más necesitaba el dinero era para que sus hijos tuviesen una formación que él no había podido tener. Seguro que no había escuchado a Fuentes Quintana, ministro de Economía con Adolfo Suárez, decir lo mismo cuando lo entrevistaban en la radio hace muchos años y le preguntaban en que invertía su dinero. Él respondió que, en su opinión, la mejor inversión del dinero es en la formación de los hijos.

    ¡Cuántas veces no nos salen las cosas como queremos! Pero la solución no es lamentarse, sino aprender de los errores y prepararse mejor -para lo que sea- la próxima vez. O no desear nada, y así no fracasaremos nunca.

    ¡Cuánta razón tiene el refrán popular americano: “no te lamentes, no esperes nada, haz algo”!


    




  

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