¿Por qué los publicitaron y publicitan aún tanto? (*)






“Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto” (Cardenal de Retz)





    Desde hace muchos años me viene llamando la atención la enorme cantidad de páginas que los periódicos dedicaron, y dedican aún, a los políticos. Ya se trate de un periódico provincial, regional o nacional, su portada y primeras páginas están abarrotadas con informaciones de sus viajes, inauguraciones, entrevistas, y ruedas de prensa en las que explican lo que van a hacer y luego no hacen, ya que la mayor parte de lo que hacen de verdad no lo pueden decir porque está castigado por la ley. 
    Salvo raras excepciones, en la mayoría de estas noticias siempre salen bien parados. Me sorprendía y sorprende que, a pesar de que estas páginas aburrían y aburren a la mayor parte de los lectores, siguieran y sigan haciéndolas.
    Y entonces recordé a un colega fallecido que siempre decía: “nada sucede por casualidad”. Pensé en esto y saqué alguna conclusión, atinada o no.
    Los periódicos obtienen subvenciones e ingresos por publicidad del gobierno nacional, de  los gobiernos regionales, diputaciones y gobiernos municipales. Casi tanta culpa como ellos, que les dan subvenciones muchas veces injustificables, la tienen los medios de comunicación que las aceptan. No muerdas la mano que te da de comer, dice un refrán castellano, y esta debe ser una de las razones principales por las que los diarios destacan las charlatanerías de los políticos, en las que platican casi siempre de asuntos que en su mayor parte no interesan absolutamente nada a los ciudadanos. Hablan mucho y hacen poco, y un hecho vale más que mil palabras. 
    A ellos, esta publicidad, casi aunque sea mala, les encanta, porque son mediocres y vanidosos. Su engreimiento también ha sido originado por nuestra culpa. Se los reverenciaba para obtener prebendas, que ellos otorgaban y aún otorgan cómodamente porque lo hacían y hacen con nuestro dinero. Ellos, tan fatuos, se creyeron que los adorábamos y que éramos -aún lo somos- tan pardillos, que aunque se quedaran con nuestro peculio seguiríamos aplaudiéndolos y venerándolos. Su vanidad no debe importarnos -ya decía Honoré de Balzac, “hay que dejar la vanidad a los que no tienen otra cosa que exhibir”-, pero sí como manipularon y manipulan nuestro dinero.      
    Aún hay más cosas relacionadas con la publicidad que me llaman la atención. Los directores de hospitales, desdichadamente dependientes del poder político como todo o casi todo en este país, están también día si y día no en los periódicos, cuando su preocupación debería ser el estar en la boca, para bien, de los enfermos y de sus familiares. Porque fíjese, los hombres más importantes de nuestra empresa modélica, Amancio Ortega y Pablo Isla, no están ni uno ni otro en los diarios, pero están, para bien, en la boca de los clientes que llenan sus tiendas.       
    ¿Y cuál es la solución? Prohibir por ley las subvenciones no justificadas con dinero público -el nuestro-, y que los regentes de los Tribunales de Cuentas del gobierno nacional, regionales y municipales, encargados de fiscalizar los gastos ocasionados por los políticos, fuesen elegidos directamente por los ciudadanos y por un número de años prorrogable únicamente por referéndum popular lo mismo que su cese. Porque, aunque la mejor solución sería que nos cambiaran a todos por alemanes, como esto no es posible, los ciudadanos honrados deberían exigir que se acabe con tanta podredumbre en este país de corruptos. Aunque, desgraciadamente, la Administración de Justicia, la facultada para terminar con esto si fuera totalmente independiente del poder legislativo, tal vez tampoco esté inmaculada.

(*) Este artículo fue censurado y no publicado por "La Región", el periódico en el que escribía cada domingo hasta que por este motivo dejé de escribir.




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