A Héctor, mi queridísimo amigo



 

“Un padre es un tesoro, un hermano es un consuelo: un amigo es ambos” (Benjamin Franklin)



    Desde que te fuiste mi mujer y mis hijos preguntan a menudo que cuando voy a escribirte porque se dan cuenta que les escribí mucho antes, después de que se fueron, a otros a los que me unía mucha menor amistad que a ti. Realmente, solo tengo dos o tres amigos, aunque mucho menos amigos que tú.

    Sí, es verdad, tengo pocos amigos, pero no me preocupa desde que leí a Pío Baroja que no pensaba muy bien de las personas que decían tener muchos amigos.

    Desde que te fuiste, hace dos meses, es raro el día que no te recuerdo varias veces. Creo que casi tanto como recordé a mi madre y a mi padre después de su muerte.  

    Esto me hace recordar lo que decía Michel de Montaigne en “Pensamientos”, su fenomenal novela, de su grandísimo amigo Étienne de la Boétie. En algún sitio he leído, en referencia a estos dos personajes Étienne de la Boétie era filósofo y jurista, que la amistad es una forma extraña de amor.

    No sabes cuánto me emocionó lo que me dijo tu hermana el día que te ibas: Quino, Héctor te quería mucho. Y ese día, aunque no soy de llorar, se me soltaron las lágrimas al oír a tu hermana y cuando abracé a tus hijos.

    Es verdad que en el amor y en la amistad a veces hay problemas. Hasta los hay en el amor más verdadero: el de los hijos. Te digo esto porque recuerdo que algunas veces correspondí mal tu gran y sincera amistad o amor.

    Déjame ahora que te recuerde lo que me escribiste después del congreso de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica que organizabas tú en La Coruña en junio de 2001 y en el que te presentabas para vicepresidente de la Sociedad. Te acompañé después de conocer el resultado de la votación. Unos días después te envié un correo dándote las gracias por tu amistad y atenciones en La Coruña. Transcribo tu respuesta completa que guardé y seguiré guardando: “Querido Quino: La vida es maravillosa y a nuestra edad, ahora, es fundamental disfrutar cada minuto. Se puede disfrutar con los sentidos, lo cual es bueno y siempre aconsejo. Pero también se disfruta a un nivel más intelectual, conociendo y aprendiendo, por ejemplo, conociendo mundo. Incluso se puede disfrutar aprendiendo de los errores que uno comete tantas y tantas veces. Estos días yo he aprendido y disfrutado mucho, a pesar del regusto amargo… he disfrutado porque tú, y solo unos poquitos más, pero sobre todo tú me habéis distinguido con vuestra amistad y apoyo, y habéis dado la cara por mí, eso Quino… es… ¡¡¡sublime!!!”

    Años después me animaste a hacer el doctorado y gracias a tu dirección recibí un sobresaliente cum laude.

    Continuamos estando cada vez más juntos con nuestras mujeres en Tordoya, Quilmas, Porto de Sanabria y en otros lugares en los que se celebraban congresos nacionales e internacionales. Como dice Gloria, mi mujer, daba gusto verte disfrutar con todo. Recuerdo cuando dijiste que la carne de ternera que nos pusieron en un restaurante de Austin era la mejor que habías comido en tu vida. En este restaurante o en una cafetería cercana tú y mi mujer entrasteis erróneamente por la puerta de salida de emergencia en vez de por la puerta del baño y saltaron las alarmas con mucho ruido, luces rojas y la llegada del guardia de seguridad. Qué bien nos lo pasamos. Incluso en el parlamento de esa ciudad, capital de Texas, nos hicimos muchas fotos en la mesa presidencial.

    Recuerdo cuando en más de una ocasión te decía (en broma) que qué bien estaríamos los dos solteros tomando copas por las noches en las discotecas en vez de estar casados y con hijos. Me respondías en serio y me decías que la familia es lo más importante de nuestras vidas.

    No recuerdo que me hayas hecho ninguna, que hasta las hacen las personas que se aman. Me dice mi mujer que yo sí te hice alguna… Seguro que recuerdas la fecha de la boda de mi hijo Juan en Valencia de Alcántara. La víspera estaba contigo y con nuestras mujeres esperando en el hotel donde nos hospedábamos, en las afueras de la ciudad, por un invitado a la boda, amigo mío, y su mujer que venían de Madrid. Se retrasaron mucho y esperamos a pesar de que tú me decías que llegaríamos tarde a la fiesta preboda que se había organizado en un local del centro de la ciudad. Sin embargo, al día siguiente, por mi culpa el autobús no esperó por ti y por Blanca para ir a la iglesia y tuvisteis que ir en vuestro coche. Te enfadaste mucho, con toda la razón. Tres o cuatro semanas después estuvimos juntos con nuestras mujeres el fin de semana en Tordoya y ya se te había pasado el enfado. No sé si me pagaste la faena del autobús poniendo una película japonesa de un centro de jubilados que hizo que a los pocos minutos estuviéramos los cuatro dormidos.

    Te recordaré siempre hasta encontrarnos de nuevo. Mi nieta Valentina le dice a su madre que tiene que enseñarle fotos de sus bisabuelos y tartarabuelos para reconocerlos en el cielo. No hace falta que me envíes foto alguna porque te reconoceré, aunque pasen años hasta que nos encontremos.

 

   

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